ernesto macías

La inseguridad del suministro fotovoltaico y la política

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Desde hace unos meses estamos viviendo una situación en cuanto a los precios de la energía que no deja a nadie indiferente, desde el mas humilde consumidor a la más grande compañía energética. Aunque no todos la están sufriendo –o gozando– de la misma manera.

El porqué de esta situación, que repercute tanto en la electricidad, por el precio del gas, como en el resto de combustibles fósiles, está ampliamente explicado por expertos, y no es mi intención aportar ninguna opinión, porque no me siento suficientemente cualificado para ello. Lo que parece evidente es que las tensiones en la frontera de Ucrania y Rusia y los riesgos que entraña un conflicto que ya existe, aunque no sea militar (y esperemos que no lo sea), no se discuten.

Es decir, en el actual modelo energético, la seguridad, o la falta de ella, en el suministro de los combustibles fósiles, hace temblar, no solo a los sectores energéticos, sino al conjunto de la economía y la sociedad. Este es un problema que va a permanecer, al menos eso creo, hasta que dejemos de depender de ellos, pero ya se encargarán de que el tema se alargue.

Mientras tanto, estamos inmersos en un proceso de cambio de modelo energético en el que tecnologías como la fotovoltaica están llamadas a tener un papel relevante en el suministro eléctrico.

El pasado día 27 de enero confieso que me quedé alucinado cuando un grupo de 9 empresas, algunas españolas como Iberdrola, publicaban una carta dirigida a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, pidiendo una “European strategy for the solar PV value chain”, was necessary to “achieve the objectives of the European Green Deal set by the EC”

Ni que decir tiene que estoy totalmente de acuerdo en la necesidad de volver a fabricar la entera cadena de valor en Europa, ya sea en base a la tecnología del silicio o la que tenga más viabilidad, pero no deja de ser curioso que casi todos los firmantes, por no decir todos, han contribuido de alguna manera a que esta industria desapareciera de Europa, favoreciendo en sus instalaciones la utilización de los productos más baratos, provenientes de Asia y que durante un tiempo hasta tuvieron un cierto control anti-dumping por parte de la CE.

No dudo que la política puede ayudar en este objetivo, pero si no hay inversión privada, no habrá desarrollo industrial.

Me sigue pareciendo curioso que en esta misma noticia se haga referencia a unos supuestos, o posibles, objetivos de fabricación en Europa: 20 GW de paneles y ¡2 GW de células! Perdón, pero parece de chiste. Porque a la vez, en el mencionado escrito, se habla de que para esa fecha se deberían tener instalados entre 479 GW y 870 GW. ¿De qué vale tener 2 GW relativamente locales? ¿Esa es la aspiración?

Mientras tanto, en los concursos públicos y privados, y en las propias subvenciones estatales con fondos europeos ni se valora ni se da ventaja alguna al producto local o europeo. Y el impacto del CO2 en origen y en el transporte ni se considera.

Para mí el problema es que los grandes grupos y empresas consumidoras de electricidad, o no tienen asumido el cambio de modelo o piensan que la solución se la darán –o se la tienen que dar– los gobiernos o la CE. Pero, si mañana hay un conflicto entre China y Taiwan, posibilidad no tan remota, ¿cómo vamos a asegurar el suministro para cumplir con nuestros objetivos? ¿Alguien duda que esos objetivos son, en realidad, una necesidad incuestionable? Y al precio que sea.

El pensador israelí Yuval Noah Harari, autor del best seller ‘Sapiens’, ha calculado cuánto costaría hacer frente a un cambio climático catastrófico, el gran desafío que tiene ante sí la humanidad: un 2% adicional del PIB mundial. Solo hace falta organización y decisión.

En este tema es exactamente igual.

Pero el tiempo corre y no parece que las grandes corporaciones estén demasiado inquietas, a pesar de lo comentado. ¿Nuclear y gas? Ya veremos.

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