Resulta paradójico que el negacionismo climático crezca justo cuando los efectos del cambio climático son más visibles y devastadores. Pero la paradoja se explica: cuando la realidad amenaza intereses económicos, identidades culturales o modelos de vida, muchos optan por negar antes que cambiar. Las campañas de desinformación alimentan esa resistencia ofreciendo relatos simples, culpables cómodos y falsas certezas frente a la complejidad del problema. En un contexto de miedo, saturación informativa y desconfianza institucional, negar se convierte en una forma de protegerse. Por eso, hacer frente al negacionismo y transitar hacia un cambio de modelo energético no se logra únicamente con tecnología y leyes. La partida se libra y se pierde muchas veces, en el terreno del lenguaje.
Las palabras son poder y, aunque tengo amigos comunicadores que no estarían de acuerdo con esto, moldean lo que pensamos, justifican lo que hacemos y, a veces, maquillan lo que no queremos ver.
Este no es otro artículo para denunciar el burdo greenwhasing de las grandes energéticas. La manipulación para provocar tales cambios sociológicos es mucho más sutil y sibilina. Podríamos empezar hablando de aspectos más fácilmente detectables en su comunicación pero que a base de repetir infinitamente cuelan en nuestro propio lenguaje. Por ejemplo:
Ya no contaminan: ahora “compensan”; no extraen: “transforman recursos”; no talan: “gestionan ecosistemas”. La “crisis climática” se convierte en “desafío ambiental. El propio uso de términos bélicos de “lucha” y “combate” nos aleja de toda culpa y responsabilidad propia en los cambios que estamos provocando en el planeta. Es el enemigo a derrotar, cuando en realidad esa lucha es contra nosotras mismas.
Pero, como he dicho, esto es algo más o menos detectable. Detrás del ruido mediático y los debates aparentemente equilibrados sobre el cambio climático, operan estrategias comunicativas muy finas que los grandes lobbys dominan con maestría. No se trata solo de negar los datos científicos, sino de sembrar una duda constante, una sensación de que todavía falta evidencia o de que las cosas no están tan claras. Estas tácticas apelan a nuestra necesidad de certidumbre, usan voces con apariencia de expertos, y se infiltran en espacios cotidianos —desde columnas de opinión hasta campañas educativas— para instalar la idea de que el cambio climático es un tema opinable y no un hecho comprobado. Con un tono razonable y una fachada de objetividad, logran desplazar la conversación: en lugar de hablar de soluciones urgentes, terminamos discutiendo si el problema existe realmente.
Todo esto me lleva inevitablemente a reflexionar sobre una cuestión que hasta hace muy poco era una especie de tabú en muchos espacios de militancia porque hacíamos de los datos nuestra única bandera. Pensábamos que nuestra sociedad es racional y que, únicamente presentando evidencias científicas, seríamos capaces de hacer despertar a los nuestros. Cuando vimos que tal vez esto no era suficiente, confiamos en que el impacto real en nuestra salud, economía o seguridad, ayudarían en esa misión.
Se apostó por un rotundo “dato mata relato”. En la práctica es una simplificación peligrosa. Los datos son indispensables, sí, pero rara vez bastan por sí solos para cambiar percepciones o comportamientos. La gente no se mueve solo por cifras, sino por significados, emociones y marcos de interpretación. Un dato puede ser cierto y, aun así, perder la batalla frente a un relato que conecta mejor con las creencias o los miedos de una comunidad.
Por eso, la comunicación es una herramienta política; tiene el poder de sostener o subvertir el sistema.
En tiempos de crisis climática hasta las palabras contaminan, pero no todo son malas noticias. Hay muchas herramientas y estrategias a nuestra disposición que gustosamente compartiré en un futuro artículo. Porque, como buena comunicadora, sé que generar curiosidad y expectativas, también son muy buenas estrategias.
