eólica

Por Emilio Menéndez

Parques eólicos: analizar, reflexionar y dialogar

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Hace tres décadas iniciamos la instalación de parques eólicos de carácter industrial, fue en Tarifa, (Cádiz), y en Cabo Vilano, (A Coruña); se recibieron con ilusión: era un camino hacia otro tipo de generación eléctrica, “sin humos”, y también se proponía, con ese desarrollo, la creación de nuevos empleos. No todo fue maravilloso, hubo, y hay, aspectos sobre los cuales hemos de reflexionar; ahora en la extensión de la energía eólica que volvemos a ver llegar, no debiéramos cometer, o repetir, errores.  Es un artículo de Emilio Menéndez*.
Parques eólicos: analizar, reflexionar y dialogar

La razón de extender la eólica en nuestro país es caminar hacia unas menores emisiones de CO2 en nuestro sistema energético, con ello se contribuiría a frenar el devenir del calentamiento global, que ya es una realidad y, que puede llevarnos, en pocas décadas, a situaciones críticas para la Humanidad y, también para los ecosistemas. La mayoría de aquellos que participan en el “debate eólico”, que está naciendo, comparten esta apreciación, por ello, aquí no es el lugar de analizar esa cuestión.

He escrito: debate eólico, la razón es que hay una situación de desacuerdo en cómo deben evolucionar las energías renovables. Aparecen propuestas de cambio radical de la sociedad e ir a esquemas de “decrecimiento económico” que demandarían básicamente energías renovables en instalaciones locales de autoconsumo. Comparto esa utopía del decrecimiento, pero los años vividos me hacen pensar en que la evolución hacia “otra forma de vida”, más austera, será lenta, suponiendo que se dé.

Pienso que iremos hacia un esquema de “comportamiento más inteligente”, con un “uso eficiente de la energía”, por tanto, reduciendo el consumo final de la misma. Aumentará algo la demanda de electricidad, por sustitución de la utilización de combustibles fósiles por ésta, tanto en vehículos, como en energía para sus usos en los edificios. En la generación de esa electricidad hemos de prescindir, más pronto que tarde, de la energía nuclear y los riesgos que conlleva.

Muy presente en nuestra vida
Si miramos a la energía eólica, vemos que hemos llegado a una potencia instalada de 25.000 MW, y a una quinta parte de la generación de electricidad en todo el país. Hay más de 20.000 aerogeneradores en funcionamiento. La cifra de 50.000 MW de potencia para los primeros años de la década que comienza en el año 2030 es un punto de coincidencia de aquellos que, desde diferentes ópticas, estudiamos la “Transición Energética”; también aparece ese nivel de potencia en el PNIEC.

Ese nivel de potencia, 50.000 MW, significa doblar la potencia actual, lo cual no significa, ni mucho menos, doblar el número de aerogeneradores; podríamos conseguir esa potencia con menos de 20.000 molinos, más fiables en su operación que los actuales; buscando además ir hacia menores impactos ambientales. Podría ser un objetivo a trabajar ente todos los que de una u otra forma participamos en las reflexiones, o en los debates, sobre parques eólicos.

Los parques eólicos los vemos con frecuencia al cruzar nuestro país, algunas personas los ven continuamente en su espacio vital; es preciso asumir que la “alteración del paisaje” está ahí y, que en algunos casos pasa de esa valoración de “alteración” a otra de “agresión”. Cuando he recorrido entornos eólicos, a veces he hecho fotografías que muestro para hablar de esta cuestión, en particular a los estudiantes, que miran con ilusión a las energías renovables como un campo futuro de trabajo.

La muerte de aves y quirópteros por causa de los molinos de viento está ahí, no sabemos cifras que nos den de forma fehacientemente la magnitud del problema; también hay desplazamientos de especies por las alteraciones del entorno de los parques eólicos en el tiempo de construcción de los mismos. Se debiera hacer un seguimiento diario, parque a parque, de esta cuestión, no sólo en número, también con análisis discrecional por tipo de especies y situaciones territoriales y temporales.

Se está dibujando una “explosión de parques eólicos”, hay una componente de especulación en este movimiento; aunque no se plantearan restricciones al respecto, no se construirían todos ellos; su rentabilidad económica depende de que la oferta final de electricidad no sobrepase ciertos valores. Ahora bien, las empresas están “copando nuevos territorios”. Esa actitud es discutible, pensamos que el crecimiento de potencia eólica debiera ser ordenado, o que en él “no valga todo”.

Es deseable que, ya desde ahora, se haga una revisión ambiental y social de los parques instalados. Hay jóvenes preparados para hacerlo, graduados en ciencias ambientales, sociología, geografía, biología, ingeniería, etc. Ellos miran a las energías renovables con interés, pero también pueden ser críticos, y acercarse al territorio, a sus gentes y a los ecosistemas, locales y regionales, para conocer lo que no se ha hecho bien, y cómo deberíamos plantearnos avanzar.

Caminos a seguir
Pienso que hay tres caminos a seguir. En primer lugar, la repotenciación de parques existentes. De los 25.000 MW ya instalados, una buena parte tiene más de quince años de operación, unos 8.000 MW y más de 12.000 molinos; son máquinas de pequeña potencia unitaria, antiguas, con peores prestaciones técnicas que las actuales. Su sustitución por máquinas de mayor potencia y mejores prestaciones, podría llevar a que en sus emplazamientos actuales hubiera una nueva potencia instalada de 15.000 MW, quizás con sólo 5.000 aerogeneradores.

Esta repotenciación debiera plantearse con un programa de actuación rápido en el tiempo, quizás para completarla en cinco u ocho años. Habría que estudiar los parques, individualmente y los conjuntos de ellos en un mismo territorio; dialogar con las gentes que viven allí, en muchos casos iremos a zonas de esa “España deshabitada y olvidada”. Por supuesto estamos pensando en la participación de todos esos profesionales antes citados, incluidos aquellos que han de proponer y diseñar las nuevas instalaciones.

La repotenciación requiere normativas nuevas, tanto en los valores de potencia que se pueden instalar en un territorio, como en la visión conjunta de los parques eólicos instalados en dicho territorio. También sería deseable que se diera la opción de una participación social en el nuevo esquema societario que se pudiera derivar de esos cambios, la presencia de una propiedad social que uniera a los habitantes de los territorios con la energía que allí se recupera es algo que ya se da en otros países europeos.

Ya desde las Administraciones Públicas se ha planteado el “Análisis Ambiental Estratégico” como una herramienta para el desarrollo de las renovables, éstas ocupan territorio, es necesario zonificarlo en grados de impacto ambiental, y también en relaciones sociales. Hay que avanzar rápido en ese planteamiento. Los proponentes de nuevas instalaciones eólicas deben saber que ese análisis zonal va a ser un hecho y que afectará a los parques eólicos, tanto los existentes cómo a los nuevos.

El segundo camino son nuevos parques en tierra. Los promotores de esos nuevos parques eólicos debieran asumir que esa zonificación vendrá, y les pudiera afectar en el desarrollo de sus proyectos, aunque ellos se adelanten. Por ello debieran plantearse estudios de impacto ambiental de esos parques, no sólo de forma individual, sino también considerando el “impacto ambiental agregado” de los parques que haya en ese territorio; asumiendo, además, desde un principio, un diálogo social amplio y transparente.

Aquí chocamos con esas “prisas” antes citadas. Pienso que los que hemos pateados los entornos donde hay parques eólicos intuimos donde puede haber problemas serios o no; aunque esa primera apreciación tiene un valor relativo. Es preciso dialogar pronto con aquellos que pudieran tener una visión crítica, sea desde la ecología o desde la sociología. Quizás desde las Comunidades Autónomas ya se podrían avanzar propuestas de zonificación.

Antes se habló de 50.000 MW como potencia a instalar para la década de los años treinta. En esa cifra se incluiría la eólica marina, que debiera ser el tercer camino. Quizás pudiera alcanzar una potencia entre 10.000 y 15.000 MW; los aerogeneradores offshore pueden ser, en el próximo futuro, de potencia unitaria cercana a 10 MW, lo que nos llevaría a 1.000 o 1.500 máquinas en la mar. Esto quitaría presión en la extensión de la eólica en tierra firme, es decir no se pedirían tantos nuevos emplazamientos terrestres.

En su día, hace dos décadas, la eólica marina vivió un fuerte rechazo social, en buena medida por el impacto visual que se pensaba tendría, también por su incidencia en la vida que se da en los fondos marinos. Los parques offshore ya los encontramos en los países del Norte de Europa, también pronto en Portugal, y quizás en Canarias; en esos proyectos participan empresas españolas, energéticas y de bienes de equipo. Hay experiencias de las cuales aprender.

Ahora, con la evolución tecnológica que se ha dado, los parques offshore se pueden ir a zonas de mayor profundidad y ubicarse en estructuras semiflotantes; no serían visibles desde la costa, y su incidencia en los fondos marinos pudiera sería menor; hay que estudiarlo caso a caso. En ese sentido, ya se debería estar analizando cuales son las zonas más adecuadas para su implantación, aunque no haya todavía propuestas de parques; adelantando en paralelo el “necesario diálogo social”.

Hay centros de investigación que trabajan en “biología marina”, desde ellos es factible realizar estudios que vayan zonificando las áreas de posibles emplazamientos; serían trabajos que avanzarían por etapas, desde primeras visiones genéricas a otras que hagan estudios de detalle, ahora ya conociendo cómo serían las estructuras de apoyo de las máquinas y, los esquemas operativos de las mismas. Debíamos haber escuchado a la “Ecología Terrestre”, ahora hemos de hablar con la “Ecología Marina”.

El desarrollo eólico no debiera pararse, hay actividades industriales y empleos asociados; también necesitamos avanzar con celeridad en sustituir generación eléctrica térmica y nuclear por energías renovables. Los promotores debieran entender que esos caminos han de ser transparentes, con estudio y análisis de las diferentes cuestiones; por supuesto con una amplia participación social en el necesario diálogo que ha de acompañar a ese desarrollo renovable. Las Administraciones Públicas han de implicarse en ello.

*Emilio Menéndez es Dr. Ingeniero de Minas. Ya jubilado, ha sido profesor honorario del Departamento de Ecología de la UAM y actualmene colabora en el máster ERMA de la UPM.


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