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La ciencia irrumpe contra la biomasa forestal para energía, pero también en su defensa

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No es algo nuevo. Al menos desde hace seis años, científicos de diversas ramas y varios estudios cuestionan constantemente el papel de la biomasa, especialmente la forestal, en la generación de energía renovable. Recientemente, un manifiesto de 800 científicos y un artículo en Nature actualizaron unas críticas que se centran en la deforestación y el carácter no neutro de las emisiones. Sin embargo, hay diferencias. No hay unanimidad entre la comunidad científica al respecto y, en general, se acusa a muchos investigadores de no tener una visión global de la aportación de la biomasa como energía renovable.

La ciencia irrumpe contra la biomasa forestal para energía, pero también en su defensa

A principios de 2013, un estudio de la Universidad de Lancaster (Inglaterra), publicado en la revista Nature Climate Change , cuestionaba la producción de biomasa a gran escala al detectar que los cultivos de sauce, chopo y eucalipto destinados a este fin emiten durante su crecimiento un compuesto (isopreno) que facilita la formación de ozono en la atmósfera y es nocivo para la salud.

Un año después, Josep Martí Valls, doctor en Medicina y coordinador del Grupo de Medio Ambiente del Centro de Análisis y Programas Sanitarios (CAPS), publicaba un artículo en El Periódico de Catalunya afirmando que la biomasa contamina más que el carbón, introduciendo en el medio, y directa e indirectamente en las personas, “una gran cantidad de tóxicos, aumentando así la carga procedente de otras fuentes (industria, calefacciones, vehículos, pesticidas, etcétera)”.

En abril de 2015, y dentro del proyecto LIFE+Airuse, científicos de siete instituciones europeas, entre ellas del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), entregaron a la Comisión Europea y a administraciones estatales y regionales recomendaciones para mitigar la contaminación provocada por las partículas en suspensión en las ciudades del sur de Europa. Según el estudio, una de las fuentes de emisión de partículas que está aumentando es la quema de biomasa y, muy especialmente, de pélets.

"Intereses fósiles detrás"
Entre estas fechas y la actualidad, el goteo de estudios ha sido incesante, unos mejor fundados que otros y algunos con un cariz sensacionalista que al sector de la biomasa le hace sospechar que hay “intereses fósiles detrás”. Javier Díaz, presidente de la Asociación Española de Valorización Energética de la Biomasa (Avebiom), ha salido varias veces al paso de estos estudios y artículos: “nosotros no estamos cada día poniendo en boca de profesionales los problemas de salud que provocan el gas o el petróleo, pero parece que quieren que entremos en esta dinámica, que finalmente lo que hace es alarmar a la población, creando una sensación de que estamos en un país sin normas en el que todo vale, y esto no es así"

"Hay límites para todo -prosigue Díaz-, incluidas las emisiones, y la biomasa las cumple mucho más holgadamente que los combustibles fósiles, lo demás es verborrea de algunos que no destacan en su profesión y buscan en estos ‘comentarios’ contra la biomasa su minuto de gloria”.

800 científicos
Sin embargo, el punto de inflexión lo puso a principios de 2018 un manifiesto firmado por 800 científicos, incluidos dos premios Nobel, presentado al Parlamento Europeo con el objetivo de presionar para que la nueva directiva de energías renovables, pendiente entonces del acuerdo entre esta institución, el Consejo y la Comisión europeas, evite “la expansión de los daños a los bosques del mundo y la aceleración del cambio climático”.

Critican directamente el contenido de la directiva que “permitiría a países, plantas de energía y fábricas obtener créditos dentro de los objetivos de renovables por talar árboles deliberadamente para quemarlos y producir energía”.

“La quema de madera es ineficiente y, por lo tanto, emite mucho más carbono que la quema de combustibles fósiles por cada kilovatio hora de electricidad producida. La solución debería ser restringir la biomasa forestal elegible bajo la directiva a residuos y desechos”, son algunas de las afirmaciones presentes en el manifiesto.

Entre los firmantes hay medio centenar de científicos españoles vinculados a centros del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), del Centre de Recerca Ecològica i Aplicacions Forestals (CREAF) y de varias universidades, como las de Jaén, Extremadura, Valencia, Valladolid, Pablo de Olavide, Salamanca y Málaga, entre otras. Avebiom defendió enseguida que “hay una amplia parte de la comunidad científica que tiene una visión de la bioenergía complemente opuesta”.

Científicos a favor 
En España, científicos de esos mismos organismos, y de otros, como el Centro Tecnolóxico de Eficiencia e Sustentabilidade Enerxética (Energylab) en Galicia, el Centro de Investigación de Recursos y Consumos Energéticos (Circe) en Aragón, la Fundación Cartif en Castilla y León y el Centro Tecnológico Avanzado de Energías Renovables en Andalucía no tienen una visión tan negativa y defienden el uso sostenible de la biomasa, incluida la forestal, y su combustión en condiciones adecuadas. Además, dos instituciones oficiales, como el Centro Nacional de Energías Renovables (Cener) y el Centro de Desarrollo de Energías Renovables (Ceder/Ciemat) apuestan por la biomasa en el mismo sentido.

Luis Saúl Esteban es investigador científico en el Departamento de Energía del Ciemat (Unidad de Biomasa) y trabaja en el Ceder/Ciemat. Es uno de los mayores expertos en investigación aplicada a la biomasa como combustible renovable, trabaja en varios proyectos europeos al respecto y considera que “el quid de la cuestión está, y es en lo que se basan todo estos científicos, en si se considera a la bioenergía como neutra o no en emisiones de carbono”.  

Precisamente el portal de la revista Nature publicaba en septiembre un documento (Europe’s renewable energy directive poised to harm global forests) firmado por ocho investigadores de Estados Unidos, Alemania, Noruega y Bélgica, que, en clara sintonía con el “manifiesto de los 800”, afirmaba que “la decisión de Europa de promover el uso de la madera como un ‘combustible renovable’ aumentará las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) y causará graves daños a los bosques del mundo”.

Biomasa forestal: ¿neutra o no neutra? 
Como advierte Esteban, el documento cuestiona una de las dos bases tanto de la nueva directiva como de la bioenergía en general: la neutralidad de la biomasa en las emisiones de CO2. “Debido a varias ineficiencias tanto en el proceso de recolección como en el de combustión, el resultado es que se emite más carbono por kilovatio hora de electricidad o calor que quemando combustibles fósiles”, sostienen los autores.

El investigador del Ceder/Ciemat recuerda que “hasta ahora a la biomasa se la ha considerado neutra, es decir, la emisión del CO2 en la combustión es neutra en manejo sostenible porque la planta lo captura de nuevo con la gestión del monte (y digo monte, y no bosque). Lo importante es que la gestión forestal sea sostenible y que lo que se combustione sea siempre inferior a lo que acumulemos  a nivel paisaje, no a nivel rodal”.

Esteban enfatiza en los conceptos de “monte” y “rodal”: “los estudios en los que basan sus teorías para la deuda de carbono son a nivel rodal y no consideran todo el paisaje forestal y la amplia gama de condiciones en las que operan los sistemas de explotación  forestal”.

“Hablan constantemente del ‘old growth’ (término asociado a los bosques maduros) –prosigue este investigador– y de lo maravilloso que es para almacenar carbono, biodiversidad, etcétera, así como de la importancia de las masas mixtas, cosa que nadie duda; sin embargo, no se dan cuenta de que hoy por hoy y por desgracia, todo está sujeto a una economía de mercado, que los bosques tienen propietarios y que, como cualquier propietario, necesita una rentabilidad para sobrevivir”.

Visión conjunta del bosque
Eduardo Rojas, decano del Colegio de Ingenieros de Montes, portavoz de la plataforma Juntos por los Bosques y profesor en la Universidad Politécnica de Valencia, coincide en que “el error es ver el bosque como un sistema fósil y estático, donde solo hay personas que lo cortamos y lo quemamos, cuando es algo muy vivo: nace, se multiplica y muere y se compensa con el crecimiento de otras zonas. Hay que tener una visión conjunta del bosque, no por parcelas”.

Rojas ocupó la subdirección general de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) como responsable del área de bosques. Precisamente, este organismo destaca que, en la actualidad (El estado de los bosques del mundo 2018), aparte de frenarse la deforestación de forma global, esta se sigue debiendo fundamentalmente a dos cuestiones ajenas a los biocombustibles sólidos: la conversión en zonas de agricultura y ganadería.

Bosque afectado, pero sobre todo por otras causas 
En un estudio (Classifying drivers of global forest loss) de investigadores norteamericanos publicado también recientemente en la revista Science afirman que “nuestros resultados indican que el 27 por ciento de la pérdida forestal mundial se atribuye a la deforestación a través del cambio permanente del uso de la tierra para la producción de productos básicos. Las áreas restantes mantuvieron el mismo uso de la tierra en los últimos quince; en esas áreas, la pérdida se atribuyó a la silvicultura (26 por ciento), la agricultura migratoria (24 por ciento) y los incendios forestales (23 por ciento)”.

Sin embargo, en el estudio no hay mención expresa a los biocombustibles, ni sólidos ni líquidos, como responsables de esta deforestación. Sí citan como productos básicos causantes de la pérdida de esa cuarta parte de bosques a la carne de vacuno, la soja, el aceite de palma (no especifican el grado de responsabilidad del destinado a la producción de biodiésel) y la fibra de madera.

Alerta
Pero el reciente estudio de Nature alerta del aumento de la demanda de madera en Europa para biomasa, que requerirá cortas adicionales en los bosques de todo el mundo. Añaden que “es probable que el impacto global sea aún mayor al alentar a otros países a hacer lo mismo”, y afirman que países con bosques tropicales, como Brasil e Indonesia, ya han anunciado que también intentarán reducir el efecto del cambio climático aumentando el uso de la madera para la bioenergía.

En cuanto a la sostenibilidad, y ligado al tema de las emisiones, explican que las condiciones impuestas en la directiva europea tendrían pocas consecuencias: “incluso si los árboles se talan ‘de manera sostenible’, eso no convierte a la madera como libre o baja de carbono, debido al agregado de carbono en la atmósfera por períodos largos de tiempo”.

Luis Saúl Esteban responde que “ahora hay mucho lobby contra la bioenergía y se quieren imponer criterios de sostenibilidad que nadie cumple (me refiero obviamente al sector fósil). Es decir, los biocombustibles sólidos de la biomasa según la directiva de renovables pendiente de aprobar, deberán ahorrar como mínimo un 85 por ciento de los GEI respecto al uso del comparador fósil a partir de 2022, pero los fósiles que llevan lustros contaminando se siguen yendo de rositas”.

Los combustibles fósiles siguen ahí
“Apenas si habla de cuál es la verdadera causa del cambio climático –sostiene el investigador del Ceder/Ciemat–. No es ni será la bioenergía, sino la emisión de gases procedentes de combustibles fósiles, y no podemos decir ahora que si cambiamos a un modelo renovable en el que la bioenergía cumpla un importante papel vamos a calentar aún más el planeta. Francia, el país con más extracción de madera para uso energético, es también el país que más carbono acumula anualmente en los bosques. Está demostrado: bien gestionados tienen mayores crecimientos y por tanto mayores capturas anuales de carbono, y para mí la buena gestión también implica la obtención de madera y biomasa de forma óptima para dar empleo y actividad económica locales, lo cual también es importante para luchar contra el cambio climático”.

“Sus modelos tampoco tienen en cuenta –concluye Esteban– que cuando usamos madera para producir energía, por viejos que sean los arboles, y en su lugar regeneramos un nuevo arbolado joven, esas masas jóvenes tienen tasas de crecimiento más elevadas que las viejas y compensan por tanto la emisión, a la vez que se genera riqueza y actividad en el medio rural”.

Más partículas y CO2, pero depende
El balance energético y las emisiones contaminantes durante la combustión (principalmente las partículas en suspensión) también son expuestas por diversos estudios científicos para cuestionar el uso energético de la biomasa forestal.

“Claro que emite más polvo en suspensión que el gas”, reconoce Eduardo Rojas, “pero no todas la ciudades y otras zonas de España tienen los mismos problemas de ventilación que las áreas de valle o las grandes aglomeraciones urbanas, y además con la utilización de equipos y filtros adecuados se reducen considerablemente”.

El decano del Colegio de Ingeniero de Montes, que cita A Coruña o Valladolid como lugares donde la ventilación evita esos problemas de concentración de partículas, ve no obstante más apropiado “el uso de biomasa forestal para aprovechamientos térmicos”.

Grandes instalaciones de electricidad: "menos defendibles"
“Su uso como electricidad, sobre todo en grandes instalaciones, es menos defendible”, sostiene Rojas, quien aboga también por el desarrollo local asociado a calefacciones comunitarias y redes de calor, que eviten en la medida de lo posible los grandes transportes por carretera, “que son los que más problemas de ineficiencia y emisiones añaden”.

Es uno de los grandes cuestionamientos sobre el impacto en los bosques y la eficiencia, contaminación y neutralidad de las emisiones de CO2 de la biomasa: tener que quemar cientos de miles de toneladas de pélets, cuando no millones, en grandes centrales eléctricas dentro de un sistema centralizado y a partir de biocombustibles que viajan miles de kilómetros de distancia desde los bosques donde la madera es extraída y procesada hasta donde se quema.

Sobre el balance energético, Esteban advierte que “la huella de carbono en fabricación de pélets puede ser muy baja si usamos electricidad renovable y energía térmica para el secado procedente de la combustión de biomasa (esto es lo más habitual); sin embargo el balance energético (unidades de energía neta producida cuando se quema el pélet por unidad de energía consumida en la cadena de valor) no es muy favorable en una central térmica. Solo en secar la biomasa forestal, que suele ser madera en rollo a un 50% de humedad, se necesita algo más de 4.000 kJ/kg de agua evaporada, y un kilo de pélets como mucho nos va a dar 17.000 kJ/kg”. ‏

Singularidad por país y ¡esto huele a gas!
Un aspecto importante que destacan algunos científicos a la hora de valorar los estudios críticos con la biomasa forestal es la de no tener en cuenta la singularidad de cada país. España, por ejemplo, está muy por debajo de la media europea en cuanto a aprovechamiento de la biomasa anual que crece en nuestros bosques. “Esto no es solo peligroso de cara a los incendios forestales, sino también en cuanto a la disponibilidad de agua, ya que la acumulación de biomasa disminuye la capacidad de filtrado de los boques”, sostiene Eduardo Rojas.

“Las tesis de estos científicos no tienen en cuenta el monte mediterráneo y están todas enfocadas a los bosques boreales, y no se dan cuenta del factor incendios forestales. Aquí, si no cuidamos el monte se nos quema (nos lo queman), por lo que todo el ‘old growth’ se nos quema y se va a la atmósfera en forma de CO2 y contaminantes nocivos en cuestión de minutos”, añade Luis Saúl Esteban.

Tanto estos investigadores, como el sector de la bioenergía en general, alertan también sobre algunas de las conclusiones que se derivan de varios estudios: seguir quemando gas natural en lugar de biomasa forestal como energía de transición y no aumentar la temperatura del planeta en los próximos años. “Esto, para mí, es muy sospechoso”, remata Esteban.
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