sergio de otto

Lo que diga la OPEP (ER 68)

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Sergio de Otto
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Lo han dicho muy claro. Otra cosa es que no queramos escucharlo. Los que tienen la capacidad de marcar el precio del barril de petróleo están decididos a ponerlo a 200 dólares. El vertiginoso incremento de los últimos tres años ha sido hasta ahora, sorprendentemente, más o menos bien asimilado por nuestras economías. Pero la flexibilidad de las mismas tiene un límite llegado el cual se quiebran, más aún si los mercados todavía no se han recuperado del golpe que ha supuesto descubrir que los “juegos” con determinados instrumentos financieros —ya saben las “subprime” y todos esos artilugios similares— habían creado un agujero negro en nuestros sistemas.

No parece el mejor momento para que las economías de los privilegiados países ricos occidentales —entre los que nos encontramos— afronten un nuevo choque del petróleo, que por otra parte tiene intención de perpetuarse. La verdad es que nos lo avisaron hace más de treinta años cuando la OPEP dio el primer puñetazo sobre la mesa del concierto económico internacional y descubrió los efectos que podía tener no sólo sobre las cuentas de sus clientes sino sobre su modo de vida. Aquellos choques del petróleo de los años setenta nos hicieron dudar pero no reaccionar y solo tuvo un ganador: la industria nuclear.

Hoy, al recordar las iniciativas de los gobiernos europeos que no iban más allá de planes como hacer circular un día a los coches con la matrícula par y al siguiente los de la matrícula impar o lo de cerrar al tráfico rodado las ciudades los domingos (medida que se puso en práctica pocos fines de semana en algunas capitales dando lugar a un maravilloso espectáculo), comprobamos la ceguera del mundo occidental sobre el futuro al que estaba abocado por su suicida dependencia energética.

Hoy, y aquí en casa, llevamos camino de repetir la historia. Nos ocuparemos con espectaculares medidas (al menos así serán presentadas) para hacer frente a los efectos de esta subida imparable del petróleo como, por ejemplo, el precio del gasóleo para pescadores, agricultores y transportistas —lo que dicho sea de paso, es justo y necesario— pero nos olvidaremos de las causas.

Atajar de raíz la forma en que nos dotamos y consumimos energía es el problema. Cambiar el modelo energético, acelerar el desarrollo de las tecnologías limpias y autóctonas, hacer de la gestión de la demanda una prioridad: ese es el programa de actuación. La situación exige un cambio radical en las prioridades del Gobierno; es el momento de invertir en investigación para acelerar la llegada de los biocombustibles de segunda generación; es el momento de multiplicar, no por diez, sino por cien los fondos destinados hasta ahora a las testimoniales y casi clandestinas campañas de ahorro de energía; es el momento de hacer cumplir las exigencias energéticas a todo el parque residencial; es el momento, en definitiva, de poner la energía en primera línea de la política, Política con mayúscula. Sí, por supuesto al mismo tiempo que se toman medidas que limiten los daños que va a suponer esta carrera hasta los 200 dólares el barril, pero sobre todo hay que poner el rumbo fijo al cambio de modelo energético.

Pero me temo que la tentación será cuadrar las cuentas y para ello nada mejor, recurrente y fácil, como meterle un hachazo, por ejemplo, a las primas a las renovables en el sector eléctrico y una campaña de ahorro energético de cuatro euros para cubrir el expediente. Y mañana…., mañana la OPEP dirá.

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