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La energía, el campo y la ciudad

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Ancestralmente las zonas urbanas establecieron relaciones simbióticas con sus entornos para disponer de energía. Ello fue así hasta que el desarrollo del industrialismo hizo crecer las grandes urbes y su necesidad creciente de energía y mano de obra, cosa que fomentó al éxodo rural hacia las grandes ciudades, despoblando el campo y descapitalizándolo, y, como consecuencia, las ciudades aumentaron de  población y acumularon riqueza.

Las grandes urbes, para proveerse de energía, dejaron atrás las relaciones de simbiosis y empezaron a establecer relaciones de dominio sobre las zonas rurales: grandes embalses (en zonas montañosas  y grandes ríos), macro-centrales térmicas de combustibles fósiles (en zonas mineras) y nucleares (en zonas marginales rurales), todas ellas alejadas de los centros urbanos, pero generando energía para alimentar las energívoras urbes.

Hasta se había dado la paradoja de que zonas rurales no disponían de electricidad cuando en ellas había grandes embalses con centrales hidroeléctricas, que se construyeron expropiando tierras y expulsando a sus habitantes. Pero la electricidad que se generaba en las zonas rurales se transportaba con líneas de alta tensión hacia las ciudades. Las relaciones simbióticas se habían transformado en relaciones de intercambio desigual, empobreciendo las zonas rurales y enriqueciendo las urbanas.

Y, en este marco, llegaron las tecnologías para las energías renovables o sea aquellas tecnologías que nos permiten captar, transformar y usar la energía contenida en los flujos biosféricos y litosféricos… energías que se manifiestan de forma muy distribuida por los territorios y que permiten una captación y uso de la energía de forma muy descentralizada.

Ello abre la puerta a que las zonas urbanas puedan cubrir parte o todas sus necesidades de energía. Y, por su parte, las zonas rurales pueden convertirse en territorios autosuficientes en energía, y en muchos casos, incluso, en exportadoras de energía. En Alemania hay una verdadera competición para ver que territorios llegan antes a un suministro de energía (eléctrica, térmica, motriz) 100% renovable. Ya hay casos de pequeños municipios rurales que cubren con creces el 100% de todas sus necesidades de energía mediante renovables locales. Y como en Alemania, la población ha procedido a una apropiación social de las tecnologías renovables, la riqueza generada mediante las tecnologías renovables contribuye a enriquecer localmente los territorios y las gentes que los habitan.

Paradójicamente, hoy en el mundo ya se están dando casos de actuaciones casi coloniales a la hora de desarrollar las energías renovables. Casos de apropiación de tierras para desarrollos eólicos promovidos por grandes empresas multinacionales, en connivencia con los gobiernos. En el istmo de Tehuantepec (Oaxaca, México), una de las mejores zonas eólicas del mundo, ya se han dado casos de flagrantes violaciones de los derechos de las comunidades indígenas, con manifestaciones de resistencia por parte de las comunidades (“Fuera invasores, no al proyecto eólico transnacional”) y actuaciones violentas por parte de mercenarios y del ejército, con alguna persona muerta.

Mientras ocurren estos vergonzosos (y criminales) acontecimientos,  el primer proyecto eólico en México, con la participación de la comunidad, el proyecto Ixtepec, lleva mas de cuatro años paralizado, pues la Comisión Federal de Energía (CFE) bloqueó arbitrariamente su acceso a la red, mientras autorizaba el acceso a ella por parte de muchos proyectos llegados de fuera. La comunidad denunció la decisión ante los tribunales y hoy están a la espera de la sentencia.
 
Para que los proyectos de energías renovables sean aceptados por las comunidades locales, debe facilitarse la participación en la toma de decisiones y, no solo esto, sino que deben legislarse las formas que permitan a las comunidades locales participar en la propiedad de los proyectos, de forma que los ingresos generados beneficien a las personas residentes en la comunidad.

En Dinamarca, personas y entidades pioneras en el desarrollo tecnológico-social de la energía eólica promueven, desde hace algún tiempo, la propiedad comunitaria para el bien común, de forma que los ingresos generados por las energías renovables se reinviertan localmente para satisfacer las necesidades de la comunidad donde se sitúa el proyecto.

Un ejemplo real de esta forma de proceder es el proyecto eólico de Hvide Sande, una pequeña población pesquera de 3.000 habitantes, situada en el norte de la península de Jutlandia (Dinamarca), en la costa del Mar del Norte. En el año 2010, la Asociación de Turismo de Holmsland inició un fondo fiduciario con el objetivo de instalar tres aerogeneradores de 3 MW (Vestas V-112) en un emplazamiento propiedad del ente portuario de la población. Las máquinas eólicas se instalaron en diciembre de 2011 y empezaron a funcionar en enero de 2012. Cada una produce 15 millones de kWh/año. La estructura de la propiedad es la siguiente: el 80% pertenece al Hvide Sande Wind Power Trust Fund, formado por la federación local de sindicatos, la rama local de la confederación de la industria danesa, las empresas locales de servicio público y la asociación turística. El 20% restante lo aportan unos 400 accionistas de Hvide Sande y alrededores, agrupados a través de la cooperativa eólica del muelle norte (en Dinamarca la Ley de Energías Renovables vigente obliga a que los proyectos eólicos ofrezcan el 20% de la propiedad de los mismos a las personas residentes en un radio de 4,5 km alrededor del emplazamiento).

Las tecnologías renovables que tenemos hoy a disposición nos ofrecen una gran oportunidad para democratizar el sistema de energía heredado del siglo XX, y no solo eso, sino que ofrecen una inestimable oportunidad para rehacer, de forma justa y equitativa, las relaciones de intercambio desigual que se establecieron entre la ciudad y el campo a lo largo del siglo pasado. ¿Sabremos aprovecharlas?

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