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Hasta siempre, Carlos

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El pasado 9 de febrero nos dejó Carlos Robles Piquer. Se fue a los 92 años, como solía hacer, sereno, haciendo poco ruido, y dejando detrás suyo a muchos (muchísimos) echándole de menos. Echando de menos sus vastos y variopintos conocimientos (que siempre compartió generosamente), su espectacular cultura, su exquisita educación, su ilimitada curiosidad, su buen hacer y su extraordinario sentido del humor, entre otras muchas virtudes. Pocos empeños se le resistieron, y alcanzó grandes logros en sus múltiples actividades. Polifacético como pocos, dejó un legado inigualable en muchas áreas de actividad, a incontables personas, entre las cuales me cuento.
Hasta siempre, Carlos
Carlos Robles Piquer en Sitges, en 1996

El gran Carlos brilló en la diplomacia, como cónsul, secretario o embajador de España (lo era de carrera) y en la Política (en su caso así, en mayúsculas), donde además de ser responsable político de su partido, fue diputado autonómico, senador y eurodiputado. Escritor infatigable (en los ratos libres), fue además autor de varios libros, siempre bien escritos y excelentemente documentados, y un incansable articulista, presente durante muchísimos años en diversos periódicos y revistas.

Me contó que un artículo suyo en La Codorniz (donde escribía con seudónimo porque ejercía un cargo público) le llevó ante el temido TOP (tribunal de orden público) por su incisivo humor. Como servidor público (director general, secretario de Estado y ministro, entre otros), fue honesto y eficaz, dejando un rasero que pocos pudieron igualar. Escribió su tesis doctoral cercano a los ochenta, y cuando la defendió, todos los miembros del tribunal reconocieron, sin excepción, que era “enciclopédica”, y que no se sentían capaces de juzgarla.

Agudo e incisivo, le gustaba acuñar frases ingeniosas como la máxima de que “las elecciones las deciden los indecisos”. Trabajador infatigable (su despacho estaba ocupado de sol a sol, y más), se autodenominaba el “abominable hombre de las nueve”. Conmigo solía despachar los domingos en su despacho personal (atiborrado de libros y periódicos pendientes de recorte), para incordio de nuestras dos familias. Coherente y comprometido, defendía que era “insostenible e inaceptable” que el 20% de la humanidad controle el 80% de los recursos. “Tenemos que hacer algo para cambiarlo” (y él hizo mucho). Perfeccionista rayano en lo obsesivo, decía que para lograr dominar algo había que trabajarlo duro y entrenar (no solo para el deporte), como sabe bien su fiel sufridora y muy querida mujer, Elisa Fraga, junto con la que ensayaba una y otra vez y mejoraba, gracias a sus sugerencias, las intervenciones más relevantes.

Además, sobre todo ello (podemos dar fe su legión de colaboradores y admiradores– todos aprendimos muchísimo de él), fue tremendamente humano, con una sensibilidad exquisita, e incondicionalmente cariñoso (¡y muy divertido!) en familia. En resumen, un hombre de los de verdad, de la cabeza a los pies, a quien el término “Señor” le encajaba como anillo al dedo, e incluso se le quedaba corto.

Su papel en las renovables
Lo que algunos no sabrán es que también fue determinante para el desarrollo de las energías renovables modernas. Conozco la historia de primera mano porque tuve la inmensa suerte de que me ofreciera participar en la organización de un acto que acabó siendo la Conferencia de Madrid sobre Renovables en Europa, en marzo de 1994. Aunque ahora parezca increíble, entonces no existía ninguna política energética en este sentido y, de hecho, la anterior iniciativa en este sentido (del eurodiputado verde italiano Virginio Bettini) había acabado en fracaso, en beneficio de la nuclear, por lo que asumió un importante riesgo político al intentar cambiar la situación. Lo consiguió.

Juan Fraga. Conferencia Madrid. Marzo 1994

Conferencia de Madrid sobre Renovables en Europa, celebrada en marzo de 1994

La Conferencia, auspiciada por las instituciones europeas y apoyada sin fisuras (a pesar de la diferente filiación política) por el entonces ministro de Industria, el socialista Juan Manuel Eguiagaray, y por su secretario de Estado de Energía, Luis Atienza, alcanzó un consenso sin precedentes, y exigió (por medio de la Declaración de Madrid) que la Comisión Europea desarrollase un Plan de Acción de fomento de las renovables y un objetivo común europeo (12% para el año 2010 – ¿os suena?), y sentó las bases para el establecimiento de un foro para perseguir dicho objetivo (EUFORES, presidido por Carlos, y del que tuve la suerte de ser fundador y primer secretario general).

Carlos se lió así la manta a la cabeza, y presentó una moción a la mesa del Parlamento Europeo (en 250 palabras – yo puse ese fax) que fue inicialmente rechazada, pero la peleó y la sacó adelante (“¡a mí no me van a echar esto para atrás!”), consiguiendo el apoyo transversal de todas las filiaciones políticas, como siempre hacía. En consecuencia, en 1996, el Parlamento instó a la Comisión formalmente a desarrollar una política común de apoyo para alcanzar el famoso 12% citado (el informe del cristianodemócrata alemán Peter Mombaur), lo que acabó en el Libro Verde en 1997, y el Blanco (definitivo) en 1998. Tengamos en cuenta que en 1994, el objetivo del 12% parecía una propuesta de lunáticos, y menos su establecimiento como objetivo oficial de la entonces Comunidad Europea, pero como dijo Gonzalo Molina, vasco de pro y entonces jefe adjunto de la Unidad de la Comisión responsable de Renovables, cuando le enseñé el famoso fax: “Esto es imposible, pero aun así tenemos que intentarlo” (comprometiendo además un fuerte apoyo de la Comisión, que además cumplió).

El resto es historia; Europa empezó a liderar las renovables tirando del carro, y el resto del mundo siguió el camino abierto. Y en 2010 se alcanzó ¡un 12,6%!, con u objetivo para 2030 del 35%. No está mal para una iniciativa de unos pocos visionarios, cuyo mejor exponente fue Carlos. Recuerdo el día de la votación del informe Mombaur en 1996, cuando ocurrió justo lo contrario de lo ocurrido con el informe Bettini: ese mismo día se votaba el PINC nuclear, y su autor votó en contra de su propio informe porque se lo habían modificado tanto que proponía justo lo contrario (pararla), mientras que el informe sobre las renovables era aprobado por unanimidad. Carlos y Gonzalo lucían una sonrisa apenas disimulada.

Todo el arco político
Carlos consiguió juntar a varias personalidades de múltiples tendencias políticas, y los convenció (“no se debe vencer sino convencer”) para participar en EUFORES (del que luego fueron presidentes) y empujar todos en la misma dirección, comenzando por la eurodiputada Eryl McNally, laborista del Reino Unido (“los británicos somos muy pro–renovables y proeuropeos – bueno, al menos algunos lo somos”), el socialista griego Tassos Manthelis (secretario de Estado de Energía y Ministro de Transportes), el popular italiano Livio Tamberi (presidente de la Provincia de Milán), y luego con el eurodiputado verde luxemburgués Claude Turmes, hoy presidente de EUFORES y el mejor valedor hasta hoy de las renovables en el Parlamento Europeo, y la eurodiputada socialdemócrata alemana Mechtild Rothe, discípula de Hermann Scheer, y una de las más prolíficas en informes del Parlamento y otras iniciativas de apoyo a las renovables.

Juan Fraga. Salamanca 2002

Salamanca, diciembre de 2002, durante la ceremonia de entrega de los Campaign for Take-Off Awards 2002. Juan Fraga, autor de este artículo (primero por la izquierda, detrás), ofició de maestro de ceremonias. Carlos (primero por la derecha) era entonces vicepresidente de EUFORES, y fue presidente del jurado de los premios. También puede verse en el centro a Loyola de Palacio, entonces vicepresidenta de la Comisión Europea. Y a José Folgado (detrás, segundo por la izquierda), actualmente presidente de Red Eléctrica de España. En la página anterior, Carlos Robles Piquer en Sitges, en 1996.

También convenció a muchos más (empleando “la fuerza de la razón, no la razón de fuerza”); sirvan como ejemplos su amigo Rolf Linkohr, socialdemócrata alemán, y entonces eurodiputado y presidente de la Fundación Europea de la Energía (“no se va a acabar el petróleo sino la capacidad de las atmósfera por absorber sus emisiones”), y Miguel Arias (que ya en su época de eurodiputado defendía la eólica), al igual que muchos miembros y funcionarios de la Comisión Europea, como Gonzalo Molina, Mariàngels Pérez-Latorre, Pedro Sampaio-Nunes, Fabrizio Caccia Dominioni, Ramón de Miguel, Pablo Benavides, Christos Papoutsis, Abel Matutes y la gran Loyola de Palacio, pupila (y gran admiradora) suya, con la que logró parar uno de los contraataques más peligrosos a las renovables (el fin de las FIT por medio de una Directiva).

Parlamentarios y otros representantes de gobiernos e instituciones, empresas, agencias y asociaciones de toda Europa, forman parte de su larguísima lista de convencidos; preguntad a algún histórico de entonces, como Concha Cánovas, Cayetano Hernández o José Donoso (IDAE) o José María González Vélez (APPA). Me van a perdonar aquellos a los que no he incluido, pero es que son tantos que no me caben en el texto, pero no fueron por ello menos determinantes y comprometidos con las renovables.

Incluso consiguió que colaborasen en la causa común de las renovables (en 1997, para el primer Encuentro Interparlamentario sobre Energías Renovables en la UE, en las Islas Canarias) un popular grancanario, el diputado Antonio Luis Medina, y un nacionalista tinerfeño, Ricardo Melchior, vicepresidente del Cabildo Insular. Yo mismo estuve durante mucho tiempo de correveidile por toda Europa promoviendo la “doctrina” de los negavatios (o sea, eficiencia energética: “la energía más limpia es la que no hay que producir”) y las renovables (“complementarias, no alternativas”), ya que “hay que adoctrinar sobre las nuevas energías”, además de que “por fin podemos mirar al menos al sol de frente” (citando a La Rochefoucauld, Ni el sol ni la muerte pueden mirarse de frente).

Aunque racionalmente se pueda pensar que ha tenido una vida rica y plena, y que dadas las circunstancias ha sido lo mejor, que queréis que os diga, a mí me ha dejado una sensación de enorme vacío y pérdida irreparable. Carlos fue mi mejor mentor, un maestro que cambió mi vida, y sobre todo un gran amigo; ejerció generosamente de padre, ante la trágica pérdida prematura del mío (y así me lo dijo), así que me siento huérfano. Pero también fue uno de los padres de las renovables en Europa, así que también se han quedado un poco huérfanas. Gracias Carlos, por lo mucho que hiciste por todos nosotros. Descansa, por fin, en paz.

*Juan Fraga es ingeniero industrial, director de Negocio Internacional de la empresa de electrónica de potencia Wynnertech, y CEO de la promotora Dynavolt Renewable Energy Europe. Ha sido director de Desarrollo de Negocio en Wind to Power System y en Element Power. Y director general de Naturener Eólica y de Hidronorte. Fue fundador y secretario general de EUFORES (el Foro Europeo de las Energías Renovables), y coordinador de la Conferencia de Madrid de 1994, que lanzó el Plan de Acción con el objetivo comunitario del 12% para el año 2010.

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