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Las banderas no dejan ver el bosque

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Las banderas no dejan ver el bosque

La frase no es mía. La he leído en alguna parte: “las banderas no dejan ver el bosque”. Y lo peor –peor aún- es que el bosque está en llamas. Esa sí que es mía; y va por Galicia, por ejemplo. Hace veinte años, en 1997, publiqué un reportaje en la revista Biológica, hoy desaparecida, en el que contaba que, según los datos del Ministerio de Medio Ambiente, los seis territorios en los que más superficie había ardido aquel año eran Asturias, León, Ourense, Lugo, Pontevedra y A Coruña. Los seis primeros. Por ese orden.

No puede ser. No puede ser que, 20 años después, el cuento siga siendo el mismo. ¿No han aprendido nada nuestros responsables políticos? ¿No han aprendido nada en materia de formación –la ecología desde el colegio-, sensibilización ciudadana y prevención?

En enero de 2012, solo 37 días después de nombrado ministro de Energía, José Manuel Soria suspendía –“de forma temporal”, decía la nota de prensa- el régimen de primas. En ese momento, el sector de las energías renovables ocupaba a más de 127.000 personas en España. Poco después de suspendido el régimen susodicho, la Asociación de Empresas de Energías Renovables (APPA) avisaba: si el Ejecutivo no revisa la hoja de ruta de su reforma, el empleo en el sector corre grave peligro. Hace unos días, APPA publicaba su último «Estudio del Impacto Macroeconómico de las Energías Renovables en España». A finales de 2016 –último dato consolidado disponible-, los empleos del sector se situaban por debajo de los 75.000: o sea, que han caído un 42%  en solo cinco años (de finales de 2011 al cierre de 2016).

No es esa –el paro- la única consecuencia de la política energética “rajoyana”. El estrangulamiento al que ha sido sometido el sector de las energías renovables en España a lo largo de los últimos seis años –política de recorte general de los ingresos a los productores de energía solar y eólica y de subida general de sus impuestos- ha propiciado que en España haya dejado de instalarse potencia renovable y que, en cuanto ha subido un ápice el consumo, nuestro país haya vuelto a verse obligado a importar electricidad.

Sucedió el año pasado, 2016. Sucedió algo que no sucedía desde principios de siglo. Desde el ya remoto año 2003, el balance import-export de España era siempre positivo; exportábamos más electricidad que la que importábamos. Pues bien, España cerró 2016 con saldo import-export negativo: la balanza, tras cinco años de parón, se ha dado la vuelta. ¿Beneficiario? El Golfo, que nos vende cada vez más gas natural (Catar) y más petróleo (Arabia Saudí). El año pasado España gastó 30.000 millones de euros en importar productos energéticos.

Más aún: durante el primer semestre del corriente 2017, nos hemos gastado 20.000 millones de euros en ese ítem, los productos energéticos: un 50% más de lo que nos gastamos en el mismo período el año pasado. Porque hemos consumido un poco más de energía que en 2016, pero, sobre todo, porque el precio del crudo y derivados ha dejado de andar por los suelos y ha emprendido la enésima remontada. La primera crisis del petróleo sonó a mediados de los setenta. Fue entonces cuando por primera vez los gobiernos europeos y de Estados Unidos pusieron sus ojos en las renovables y emprendieron los primeros proyectos serios de desarrollo de este sector.

No puede ser. No puede ser que, 40 años después, el cuento siga siendo el mismo. ¿No han aprendido nada nuestros responsables políticos?

El precio de la electricidad para los consumidores acogidos a la tarifa regulada alcanzó el pasado 23 de octubre, entre las 19 y las 20 horas, su nivel más alto del año. La Federación de Asociaciones de Ingenieros Industriales de España publicó ese día un comunicado en el que “advierte al Gobierno que, desde finales del mes de agosto, se viene observando un incremento paulatino de los precios de la energía eléctrica, para cuya moderación parecería aconsejable adoptar algún tipo de medidas”.

Las energías renovables independizan, energéticamente, a los pueblos, a los países. Y encima generan empleo, en el bosque, en las zonas industriales, en las mesas de los ingenieros. Y encima no manchan, ni de ceniza la tierra, ni de malos humos el aire, ni de maldito chapapote en el agua. Sí, son las energías renovables –y no las proclamas patrioteras, ni las banderas- las que hacen de verdad… país.

Hasta el mes que viene.

Antonio Barrero
abarrero@energias-renovables.com

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