jorge gonzález cortés

Recuperación post pandemia

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Recuperación post pandemia

Hace un año que la recuperación post-Covid, especialmente en Asia, incrementó la demanda de gas en un momento en el que, además, se daba una situación de escasez de la materia prima. Los precios, anormalmente altos, parecían algo coyuntural. Por si la situación posterior a la pandemia complicaba poco las economías de este mundo globalizado, Putin, en una injustificada decisión, invade Ucrania. La “inesperada” reacción de Occidente fue prestar ayuda al país vecino y castigar económicamente a Rusia, que “sorprendentemente” respondió utilizando el gas como moneda de cambio.

La consecuencia es que los mercados de gas, petróleo y electricidad están comportándose de manera poco previsible, pero con consecuencias visibles: todo se ha encarecido, hay escasez de algunas materias primas como los cereales de Ucrania, y se perpetúan crisis como la de los semiconductores.

Así empieza el nuevo curso. Con un panorama que Europa llevaba décadas sin conocer, con la certeza de que el mundo no es tan bueno como nos lo pintan y se acerca más a las películas de James Bond, llenas de intriga y conspiraciones para dominarlo. Una Europa que se muestra unida contra la acción rusa, dispuesta a donar material militar a Ucrania, pero no tan unida a la hora de hablar de energía. De hecho, cada país está siguiendo la estrategia que más le conviene, sin importar el beneficio del conjunto europeo.

Y todavía hay quien se pregunta por qué existen los euroescépticos. Francia, con un papel secundario y con la mitad de su parque nuclear en parada, no quiere que España se convierta en el protagonista de la película en la que salva el suministro de gas de Europa. Alemania, puerta del gas ruso, es más pragmática y, como históricamente no ha estado enemistada con España, se alinea con ella. Italia, siempre avispada, ha hecho los deberes antes que nadie y ha adelantado a España por la derecha, aprovechando el cambio de postura de nuestro país en el protectorado saharaui.

Con todo ello, el debate no se ha hecho esperar y todas las tecnologías de generación están sobre la mesa. La discusión no elude alargar la vida del parque nuclear, a priori posible y seguramente necesario para sostener nuestra independencia energética. Las renovables siguen su desarrollo y aquellos que por razones políticas o ideológicas siguen rechazándolas, deben saber que las consecuencias de ponerle palos en las ruedas serán desastrosas para nuestra economía. La eterna promesa del hidrógeno tiene la oportunidad de acelerar su desarrollo en la situación actual de precios que, parece, se mantendrá al menos durante 2023. A pesar de ello, debemos ser cautos porque compite con el gas natural, cuyos productores pueden jugar con la oferta y la demanda como ya lo hicieron los productores de petróleo en la “guerra” contra el fracking.

La Europa renovable, con el cambio en su taxonomía respecto al gas natural y a la nuclear, servirá parcialmente para, como decía, alargar la vida de las centrales existentes. No obstante, cualquier nuevo proyecto nuclear que se plantee hoy llegará con 20 años de retraso, sin considerar costes o cambios geopolíticos que estén por venir.

La industria, las calefacciones y, en menor medida, el transporte, dependen del gas que Europa no tiene. EEUU, que hoy aprovecha las circunstancias de mercado, aplicará el “America First” y, ante situaciones de escasez, dará prioridad a su consumo interno y venderá su excedente al mejor postor.

Algunos opinarán que el pragmatismo obliga a dejar en un segundo plano los criterios medioambientales, pero no olvidemos que la invasión de Ucrania solo agravó un problema que ya existía. Y es que los barcos metaneros solo llegan a los puertos de los países que más dinero están dispuestos a pagar por sus materias primas, y ninguno de ellos está en Europa. Sin embargo, no hay que olvidar que después dependemos de los productos manufacturados que esos terceros nos venden.

Una vez más, debemos considerar la crisis energética para reindustrializar Europa y debilitar a nuestros competidores que, de manera desleal, externalizan sus costes medioambientales cuyo perjuicio asumimos también nosotros.

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