jorge gonzález cortés

Energía, sinónimo de economía

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Energía, sinónimo de economía

Si tecleamos en Google “modelo energético” el buscador nos ofrece 42 millones de resultados. Si tecleamos “sostenibilidad” aparecen casi 63 millones. Son dos términos muy utilizados en el sector energético que poco a poco han ido calando en el resto de sectores y entre los ciudadanos. Aunque son vagos –los términos, no los ciudadanos– y honestamente, empleados demasiadas veces para pintar de verde lo que no lo es.

La transición energética no solo supone el cambio de un modelo de producción de energía centralizado y basado en el consumo de recursos finitos a un modelo descentralizado y basado en renovables. La sostenibilidad empieza también a entenderse como la necesidad de optimizar el aprovechamiento del stock de recursos no renovables para dejar a las generaciones futuras un mundo habitable sin frenar el crecimiento económico.

Cambiamos la forma en la que obtenemos la energía, pasando del uso de combustibles, al uso de recursos renovables a escala humana, por lo que generamos riqueza sin alterar significativamente ese stock. A su vez, digitalizamos nuestras vidas y nos convertimos en usuarios de servicios intangibles, como el almacenamiento de datos en la nube, y de nuevo, pasamos de un modelo de consumo de recursos a utilizarlos sin acabar con ellos.

El cambio de modelo energético es equivalente al cambio de modelo económico en el que vemos que los activos que figuran en la contabilidad de las empresas y en las contabilidades nacionales son cada vez más intangibles. Como ejemplo, indicadores como el PIB, que mide el crecimiento de la renta de un país sin contabilizar las externalidades de incrementarlo. Es lo que ha venido ocurriendo con la generación de energía durante los últimos 100 años. Los costes reales no estaban incluidos en el precio del MWh por utilizar recursos escasos o de dominio público a través de concesiones. La generación con renovables refleja de una manera más precisa el coste real de la electricidad. De ahí, que tenga sentido la electrificación de la demanda.

Esto no solo supone un contrapeso económico que equilibra el poder de los mercados, mayor incluso que el de muchos gobiernos de países que poseen los recursos de energía primaria que hoy mueven la economía. Supone nuevas oportunidades de desarrollo tecnológico, competitividad entre economías sin depender de recursos fósiles que no poseen y una reducción de los desequilibrios sociales. Tecnologías como la fotovoltaica permitirán reducir el número de personas en el mundo que hoy no tienen acceso a la electricidad, gracias a su simplicidad y a la virtud de poder generarse en todo el planeta, sin necesidades de redes de distribución. En la mayoría de los países africanos, la telefonía con hilos no ha llegado a popularizarse y, sin embargo, la inalámbrica se ha extendido de forma natural. Hoy el 66% de la población mundial tiene acceso a la telefonía móvil.

Un país como España, con abundantes recursos renovables, no cuenta sin embargo estos activos como parte de su riqueza. Pero nadie entendería que el petróleo de cualquier país productor no fuese contabilizado como un activo. La geopolítica está frecuentemente marcada por la cantidad de recursos fósiles con los que cuentan unos pocos países y la necesidad de estos recursos que tienen el resto de economías. Por tanto, parece razonable actualizar nuestro modelo contable para aplicar ese contrapeso. Aunque lógicamente no bastará con esto, pues como hemos asumido antes, la electrificación de la demanda es una obligación medioambiental, pero también política.

Y en las empresas, ocurre lo mismo. La economía es cada vez más intangible y se basa en la oferta de servicios, y la proporción entre la cantidad de activos que posee una compañía y su cifra de negocio guarda cada vez menos correlación. Estos cambios, insisto, no suponen renegar del crecimiento o del bienestar, pero son necesarios para afrontar las consecuencias del cambio climático, la mayor amenaza a la que nos enfrentamos contra, precisamente, todo aquello a lo que no estamos dispuestos a renunciar.

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