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Emilio Menéndez, ingeniero de Minas y experto en energía

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Este hombre de aspecto fortachón y entrañable lo ha corrido todo en el mundo de la energía. Y en cada momento ha sabido guardar las cosas interesantes que encontró en el camino. Por eso fue un entusiasta defensor del carbón, en sus orígenes, y ahora vende las virtudes de las renovables. Entre ellas, el empleo. Un importante mensaje en boca de un respetado mensajero. Entre los minerales brillantes del museo de la Escuela de Minas de Madrid, Emilio Menéndez se siente en su salsa. Este gallego, de Santiago de Compostela para ser más exactos, conoce las historias apasionantes de muchas piedras que sorprenden antes que nada por su belleza. También hay trozos de carbón, presente en la vida de Emilio Menéndez durante muchos años. Carbón para el que buscó alternativas tecnológicas más limpias y alternativas sociales, cuando a principios de los ochenta, y trabajando para Endesa, ya se comenzaba a vislumbrar el negro panorama que le esperaba al sector. En 1985 se hace cargo del grupo de investigación y desarrollo, donde ya había lugar para algunos experimentos eólicos. Como experto tecnólogo y analista social –ahí están sus colaboraciones con Comisiones Obreras y su libro Energías renovables, sustentabilidad y creación de empleo– Emilio Menéndez ha escrito muchas páginas de la historia de las renovables en España.

– ¿Endesa ya creía a mediados de los ochenta en las energías renovables?
En el conjunto de las empresas del Grupo Endesa, había una persona muy interesante, el presidente Feliciano Fuster, que contribuyó al lanzamiento de las renovables. El grupo de I+D de Endesa promovió el primer parque de enganche industrial, el Parque Eólico del Sur (Pesur), en Tarifa, que luego pasó a integrarse en la Sociedad Eólica de Andalucía. Lo hicimos en colaboración con Abengoa, que traía una máquina de Estados Unidos, de la empresa AWP, y con Ecotècnia, que ponía un desarrollo propio, lo mismo que Made–Endesa. La máquina de Ecotècnia resultó ser una máquina muy buena y, de hecho, las dos máquinas españolas, tanto la de Ecotècnia como la de Made, dieron mucho mejor resultado que la AWP. Ahí empezó mi relación con Ecotècnia y una gran amistad con Antonio Martínez (el director general). A partir de entonces los temas de eólica se fueron centralizando en Made, aunque desde I+D se siguieron aportando cosas interesantes.

– ¿De qué potencia eran aquellas primeras máquinas?
Las de Tarifa (Cádiz) y otras que se instalaron en Cabo Vilano (A Coruña) eran de 150 kW. Pero luego había otras en La Muela (Zaragoza) que eran de 75 kW y de 110. Y en Estaca de Bares (A Coruña) también se colocaron algunas de 36 kW. Eran los inicios. Recuerdo que en 1992 hubo unas jornadas en las que se invitó a gente de la Unión Europea a ver el parque de Tarifa. Yo ya estaba convencido del potencial que encerraba la energía eólica y presenté una comunicación en la que aseguraba que España podría llegar a instalar 1.000 MW algún día. Mucha gente se rió entonces, incluso personas que hoy están sentadas en alguna empresa de renovables.

– ¿Se imaginaba un crecimiento así de la tecnología y de la implantación eólica?
No y sí. Entonces pensaba que llegaría a haber máquinas de un megavatio. Cuando se lanzaron las de 150 kW muchos pensaban que se había alcanzado un tope, pero las personas que las diseñaban, como Manuel Ramallo –que dio el gran impulso a la eólica dentro del grupo Endesa–, sabían que las máquinas podían crecer, y además con cierta rapidez. Feliciano Fuster empujaba de ese carro. En 1992 firmó un acuerdo con CCOO, UGT y Aedenat –hoy Ecologistas en Acción–, comprometiéndose a que en el año 2000 Endesa habría hecho acciones que conducirían a que hubiera 750 MW eólicos. Mucha gente dijo que estaba loco, porque el Plan de Fomento de las Energías Renovables en aquel momento preveía sólo 175 MW. Todos en I+D creíamos también que era posible. Y, además, que se podía hacer con aerogeneradores españoles.

– ¿Dónde está el techo?
En este momento, creo que se puede llegar a potencias muy elevadas. Si quisiéramos, el año 2020 podría haber 25.000 MW, 15.000 en tierra y 10.000 offshore. Es cuestión de quererlo, de mantener el apoyo a la eólica, y asumir que es el único camino para que un país como España –energéticamente dependiente de fuera en un 75%– cuente con un cierto esquema de autoproducción. Creo que las máquinas van a llegar a tener pronto 2 MW, que las turbinas marinas pueden tener 3 MW o 4 MW de potencia, que hay apuestas muy interesantes de empresas que antes tenían actividades en la construcción naval, y que ahora podrían fabricar aerogeneradores en astilleros, cerca de sus futuros emplazamientos en el mar. Sí, me parece que hay muchas razones para creer en la eólica.

– Siempre ha dicho que las renovables son un buen yacimiento de empleo.
Y lo son, aunque ese aspecto no garantice su desarrollo. El hecho de que las renovables, por término medio, supongan cinco veces más empleo que las convencionales para una misma magnitud energética, debería favorecerlas. En algún momento, eso se dejará sentir en los países en vías de desarrollo, que podrán ahorrar dinero en la compra de productos energéticos de fuera al tiempo que crean empleo. Y lo harán, sobre todo, con la biomasa, porque la biomasa lleva consigo mucha mano de obra. Los países que cultivan caña de azúcar, por ejemplo, se centran ahora en la construcción de pequeñas plantas de biomasa para producir electricidad y en la elaboración de biocombustible líquidos. El desarrollo de las renovables en el Tercer Mundo vendrá condicionado por las tecnologías que hayamos desarrollado aquí; que vean que el Primer Mundo también las usa. Yo diría que, por honestidad global, hay que apostar por la biomasa. Aunque la biomasa sea cara, aunque aquí pueda entrar en conflictos ambientales, habría que pensar que en el Tercer Mundo se necesita biomasa por supervivencia y que lo que los desarrollos tecnológicos que hagamos aquí les servirán a ellos de referencia.

– Renovables y grandes compañías eléctricas. ¿Amor y odio?
Las eléctricas son compañías muy grandes, con mucha gente que no lo ve todo igual. Su organización es similar a una estructura piramidal, mientras que las renovables necesitan más bien una estructura "peine", es decir, una delegación de poder que se distribuye en muchas pequeñas unidades. Ese cambio cultural favorecerá a las renovables en aquellas empresas donde se implante. Porque este tipo de energías se extienden en muchísimos entornos distintos, con sensibilidades distintas y con tamaños que no son demasiado grandes. No puede ir un director de una empresa de renovables que haya nacido en el sur de España a contarle a la Xunta de Galicia que, para resolver un problema de un parque eólico, le va a llevar a un pintor de la luz de Andalucía a hacerle un cuadro de cómo quedaría ese parque en Galicia. Porque así no hay posibilidad de conectar. Conviene que quien esté haciendo un parque en Galicia entienda lo que es Galicia, lo mismo que debería ocurrir en Almería o en cualquier otro lugar. Las renovables necesitan la cultura de la diseminación, del "peine". Es difícil encontrar ese tipo de gestores en las empresas, pero he pasado por momentos en los que se funcionaba así.

– ¿Por ejemplo?
Me refiero a personas que tratan de establecer puentes de diálogo para sacar adelante, por ejemplo, un programa que se establece, como dije antes, entre sindicatos, ecologistas y una empresa. Y hay que hacer que esos puentes los vivan también los técnicos. Porque mi origen energético es puramente carbonero. Cuando empecé yo creía en el carbón como el único vector energético de futuro, el único vector básico, el que tenía más reservas, el más interesante. Luego vas evolucionando. Pero cuando me senté con el mundo ecologista y sindical empecé a entender que las renovables tenían que ser otra cosa. Por eso digo que el diálogo es importante. Y que los técnicos deben poder reflexionar al respecto, porque si falta su reflexión es difícil que haya convencimiento dentro de las propias empresas y entre los gestores económicos.

– De entre todas las renovables estamos viviendo ahora el momento de la eólica. ¿Vendrán otros?
Creo que de aquí a 2020 debemos vivir la gran eólica. Pero en 2020 tenemos que estar preparados para vivir la gran solar, la gran fotovoltaica. Los expertos, como Antonio Luque, no se cansan de repetir que, si de verdad trabajamos, dentro de veinte años podemos tener un boom fotovoltaico similar el boom que hemos tenido ahora con la eólica. De aquí a 2020 se habrá producido una reducción de reservas de hidrocarburos, que afectará a Canadá y a EEUU, a Argelia y Libia, a Egipto, a Argentina... Entonces veremos que los hidrocarburos se van a concentrar en cuatro grandes yacimientos: Oriente Medio, Asia Central, el área de Venezuela, y la cuenca del Golfo de Guinea. En la medida en que aumenta esa concentración, se crearán instituciones de poder que irán incrementando los precios, lo que exigirá ahorrar más energía y buscar nuevas fuentes. Por ello, entiendo que habría que dedicar menos esfuerzos a algo tan teórico como la fusión nuclear y emplear más recursos a la conversión fotovoltaica, que ya sabemos que funciona y que puede mejorar mucho. España debería hacer una apuesta tecnológica muy fuerte por la solar. Tendría mucha lógica. Basta pensar que el 8% de la producción mundial de células fotovoltaicas se hace en nuestro país, y no es por casualidad. Creo que la apuesta es inexcusable y que España tendría que contar con un plan de investigación fotovoltaico importante.
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