sergio de otto

La dimisión de Hulot como síntoma

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“La ecología no es la prioridad”. La frase es de Nicolás Hulot a la hora de explicar su dimisión como ministro de Transición Ecológica y Solidaridad del Gobierno francés. Un bofetón en la cara del “moderno” presidente Macron que se enteró por los medios de comunicación de la decisión de este peculiar líder ecologista, capaz de tener el reconocimiento de buena parte del movimiento verde y de la izquierda y, al mismo tiempo, aceptar formar parte de un Consejo de Ministros de centro derecha (lo de centro al menos de entrada).

Las razones esgrimidas por Hulot van mucho más allá: desde la frustración personal de reconocer que se había descubierto rebajando sus propios niveles de exigencia hasta una reflexión de más calado: “Nos esforzamos por mantener un modelo económico responsable de todos estos desórdenes climáticos”. Y ahí está la cuestión: la lucha contra el cambio climático, la consecución de una nueva relación con los recursos del planeta para no esquilmarlos y dejar “algo” a las generaciones futuras, eso que llamamos sostenibilidad, no es una tarea que pueda limitarse a una política ministerial, a unas declaraciones bienintencionadas, a cuatro decisiones para maquillar un problema.

Me voy a permitir caer en el tópico de citar la frase de Einstein: “si buscas resultados distintos no hagas siempre lo mismo”. No vamos a cambiar el ritmo del calentamiento global ni el agotamiento de recursos o el deterioro de espacios naturales, por no hablar de otros gravísimos problemas de carácter social, con pequeñas rectificaciones de rumbo, adoptando objetivos ambiciosos en el largo plazo y muy rácanos en el corto y medio plazo.

Las primeras propuestas de política energética que planteó la Fundación Renovables en 2015 las tituló “La energía como vector de cambio para una nueva economía, para una nueva sociedad”. Ese es el grado de ambición que se requiere. No basta con cambiar unas tecnologías sucias y contaminantes por unas tecnologías limpias y renovables (que en cualquier caso hay que abordar); no basta con implantar rigurosas medidas para ahorrar energía y ser eficientes (que también son imprescindibles); no basta con reformas; no, lo que la actual situación requiere, lo que reclama a gritos nuestra relación con el planeta son medidas disruptivas, es subvertir (RAE: “Trastornar o alterar algo, especialmente el orden establecido”) la forma en que actuamos.

Lo dice muy claro el líder ecologista francés: “seguimos poniendo por delante los intereses de lobbies que los intereses generales de la sociedad”. Lo poco que se ha hecho (nada en los últimos años en el caso de nuestro país) no va más allá de parchear lo que hay, sin voluntad de cambiarlo. Está claro que la forma en que se entienden hoy las relaciones económicas, las prioridades del mercado, la regulación del comercio, la sociedad consumista que nos asalta a diario desde los medios y tantas otras “convenciones sociales” son incompatibles con la lucha contra el cambio climático, por ejemplo.

Hemos acogido con satisfacción la creación con el nuevo Gobierno de un Ministerio de Transición Ecológica (copiando la denominación de nuestros vecinos) y recibido con entusiasmo la designación de una persona con un inmenso bagaje en conocimiento, talante y experiencia como lo es el de Teresa Ribera.   

Sin embargo, las razones de la dimisión de Hulot, entendidas como aviso de que ya no valen las guindas de sostenibilidad en el pastel de despilfarro de recursos, de daños ambientales y de desigualdades sociales, nos plantean dudas sobre cuál va a ser el alcance de esa deseada transición ecológica en nuestro país. Tenemos al frente a la persona adecuada y estoy convencido de que no rebajará su “umbral de exigencia” (pecado confeso de Hulot) pero se va a encontrar muchas resistencias (empezando por la endeble mayoría que sustenta al Gobierno y su propio partido) y con un entorno internacional en el que el reaccionario Trump no tiene la respuesta firme y decidida de la Unión Europea para afrontar el reto que tenemos planteado.

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