rafael barrera

Interconexiones eléctricas: una prioridad

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Interconexiones eléctricas: una prioridad

En abril de 1951 se firmó el Tratado de París, origen de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA). Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo sentaban las bases de un nuevo orden continental, basado en la colaboración, tras siglos de enfrentamientos con dos cruentas guerras mundiales que descarnaron a la vieja Europa. La puesta en común de decisiones sobre la producción de carbón y acero fue la génesis de nuestra Unión Europea, un proceso integrador en lo económico que, con los años, ha logrado configurar un verdadero espíritu de concordia entre Estados y ciudadanos europeos.

70 años después atravesamos una coyuntura con algunos elementos análogos: sufrimos una profunda crisis económica, también motivada por una tragedia compartida –la pandemia Covid-19–, situación que requiere un impulso decidido sobre firmes convicciones europeístas y sincera solidaridad entre Estados. Si el carbón y el acero catalizaron una respuesta contundente en 1951, la descarbonización y la digitalización –también a partir de un acuerdo firmado en París– son ahora los ámbitos de actuación esenciales para seguir avanzando por la senda del bienestar económico y social de Europa.

El consenso político y la disponibilidad de recursos económicos –750.000 millones de euros para transformar Europa, 140.000 de ellos para nuestro país– ya se han alcanzado, en el tiempo récord que requerían las circunstancias. Ahora debemos obtener el máximo provecho de esta gran oportunidad y no repetir errores del pasado, y, no por casualidad, nuestro Plan Integrado de Energía y Clima (PNIEC) parece una guía adecuada.

En este escenario de colaboración, las interconexiones eléctricas entre España y el resto de Europa serán de gran utilidad , por un lado, para equilibrar nuestro sistema eléctrico-renovable, que sin lugar a duda tiende a sobredimensionarse. Y , y, por otro lado, para que la UE, con nuestro sol y nuestro viento, pueda alcanzar sus objetivos de descarbonización en los hitos 2030 y 2050, especialmente si se consolida la nueva ambiciónaspiración de la Comisión, que aspira ade reducir las emisiones hasta un 55% en el 2030.

Las interconexiones eléctricas contribuyen a la seguridad del suministro, maximizan el aprovechamiento de las energías renovables, permiten intercambios comerciales de energía, homogeneizan precios de la electricidad y favorecen la competitividad de las empresas europeas. Estas infraestructuras sonSon el eje vertebrador del Mercado Interior de la Electricidad en Europa (MIE), que , como se hizo en 1951 con el carbón, aspira a introducir eficiencia , en esta ocasión en los sistemas eléctricos interconectados, en aras del beneficio común de los ciudadanos europeos.

La UE pretendía a principios de este siglo que todos los Estados Miembros alcanzaran en el 2020 un mínimo de un 10% de ratio de interconexión, y los resultados han sido excelentes para Europa; pero desalentadores para nuestro país: España –junto con Islandia– se quedó fuera y muy alejada de este objetivo. El “fracaso” islandés tiene su lógica geográfica, el fiasco español no tiene ninguna disculpa.

La interconexión eléctrica de España es inferior al 5%, muy lejos de los renovados objetivos de interconexión de la Unión de la Energía: 15% de la capacidad instalada en 2030. Los nuevos desarrollos con Francia, con tres ambiciosos proyectos en marcha, aumentarán nuestra capacidad de evacuación para avanzar en esos objetivos, porque volver a fracasar sería dramático; basta con consultar las cotizaciones en los mercados de futuros de la electricidad de un lado, bajos, y de otro de los Pirineos, altos, para advertir la disfunción, con todo lo que revelan estos datos sobre la realidad eléctrica ibérica y la centroeuropea.

Usar bien los fondos europeos y evitar burbujas es esencial para las Administraciones. Acumular potencia agregando megaparques, expandiendo las capacidades del autoconsumo e impulsando el almacenamiento, sin tutelar la dimensión de estos procesos, sin armonizarlos con el ritmo de la electrificación de los consumos energéticos y sin contar con sólidas interconexiones, puede resultar una temeridad, que no está en el guion del PNIEC; pero sí en la puesta en escena que estamos contemplando en este primer acto de la transición energética.

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