sergio de otto

La línea roja avanza hacia nosotros (ER 51)

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La frase del titular es prestada. La pronunciaba hace unas semanas en una brillante intervención –como es habitual en él– Domingo Jiménez Beltrán, hoy asesor del Observatorio de la Sostenibilidad y hasta hace meses asesor del Presidente del Gobierno pero lamentablemente “jubilado” de estas importantes funciones.

La línea roja es la del punto de no retorno, frontera que según los expertos más pesimistas ya hemos traspasado y que según Jiménez Beltrán no sólo nos acercamos peligrosamente a ella sino que ella avanza hacia nosotros y a pasos agigantados. Es la línea que marcará el momento en que la acción del hombre haya causado al planeta daños irreversibles de carácter global, porque la mayor parte de los daños locales y regionales ya están localizados y denunciados. Se trata de una relación causa-efecto en la que la energía tiene mucho, mucho que ver.

No es noticia de hoy ni de este mes, evidentemente, pero si es el punto de partida para comentar, como quería en este esperado y deseado reencuentro con los “renovables” lectores de esta revista, lo ridículos y absurdos que resultan ciertos argumentos que se emplean en contra de las energías renovables en todo tipo de foros y en demasiadas ocasiones en las páginas de opinión de los medios de comunicación y en ciertas ondas radiofónicas en contraposición a la evidencia de una situación límite.

Es patético recibir mensajes cortoplazistas, ombliguistas, egoístas en definitiva, que tantas veces están pensando exclusivamente en la cotización de mañana por la mañana de la acción de las “utilities” o en unos intereses locales nimios; son argumentos, ideas, prejuicios que se anteponen siempre a una lectura adecuada de los retos que tiene planteados hoy la sociedad y que en el campo energético son inaplazables. Es más lamentable aún cuando los autores de estas “frivolidades” no son responsables de empresas a las que cabría conceder cierta comprensión porque su trabajo es el que es; no, se trata casi siempre de supuestos estudiosos, expertos y, sobre todo, de responsables políticos. A ellos se les supone la obligación de elevar el nivel del debate energético, mirar a largo plazo, pensar en ambiciosas estrategias, superar los prejuicios y sobre todo pensar en el bien colectivo más que en los pequeños intereses de parte.

¿De verdad que, cuando los datos sobre el cambio climático nos golpean en el rostro día tras día, puede el máximo responsable de la política energética de un gobierno pensar que el problema más acuciante que tiene la energía son los precios coyunturalmente altos que recibió el sector eólico durante un corto periodo? Pongo este ejemplo, porque esa era la obsesión del secretario general de la energía, felizmente —en este caso— jubilado de esas responsabilidades.

Como herencia deja un papel que pretendía ser una propuesta de borrador de un nuevo marco retributivo para las renovables que hubiera supuesto un paso atrás nefasto. Cuando lo que debíamos hacer es multiplicar los esfuerzos, las medidas de apoyo para acelerar el cambio de modelo energético nos fijamos en un insignificante, de verdad insignificante “sobrecoste” para un sistema eléctrico que tiene otros problemas mucho más graves.

No es este, por supuesto, el único caso de ceguera estratégica. Son muchos, por ejemplo, los que siguen considerando que la ocupación de terrenos descarta la solar termoeléctrica —una baza con grandes posibilidades— como una opción. ¡Cómo si en este país no tuviéramos una extensión de territorio suficiente para acoger decenas de instalaciones! Otros, por su parte, descartan los biocombustibles porque suponen una pérdida de potencia para su coche. Es obvio —si me permiten la ironía— que nuestro parque automovilístico está escaso en CV. ¡Por favor, cómo vamos a pasar de una aceleración de 0 a 100 kmh en 7s si podemos hacerlo en 5,3 s! Y así podríamos enumerar tantos y tantos ejemplos. La línea roja se acerca y algunos pasajeros del Titanic discuten con el camarero sobre nimiedades. No es catastrofismo. Lo que tenemos en frente es una catástrofe.

Sergio de Otto
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