sergio de otto

Subasta para nada

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Lo último en lo que está pensando el Gobierno al convocar la subasta para la asignación de incentivos para 2.000 MW de capacidad de energía renovable (con opción de ampliación de otros 1.000 MW) es retomar la senda del desarrollo de la energía sostenible que en la primera década de este siglo situó a España en la vanguardia de un sector de futuro imprescindible en la lucha contra el cambio climático y con incontestables ventajas económicas y sociales para nuestro país. No, lamentablemente, no está rectificando la nefasta política de los últimos nueve años que nos ha llevado al furgón de cola cuando éramos la locomotora.

Esta subasta, criticada casi unánimemente por el sector renovable (la excepción son los de siempre, los grandes que salen beneficiados), parte de un error fundamental: solo importa el coste para el sistema eléctrico… y, aun así, tampoco acierta al apostar por un precio marginalista al alza.  Este Gobierno vuelve a ignorar que la energía es algo mucho más complejo y que el coste del kWh resultante es una variable importante, pero no la única. La energía, además de ser un bien de utilidad pública, tiene implicaciones industriales, en empleo, en equilibrio territorial, en el medio ambiente, etcétera.

Cuando, maquiavélicamente, hace competir a las tecnologías renovables solo en precio está ignorando esos otros factores que son trascendentales tanto para la economía de este país como para el propio sistema eléctrico como, por ejemplo, en este último caso de complementariedad de las distintas tecnologías en las horas más frecuentes de generación de unas y otras. Esta subasta también deja de valorar otras características de las ofertas, como –por ejemplo– la proximidad a las zonas que se vean afectadas en los próximos años por el cierre de instalaciones de generación con fuentes convencionales. Desprecia la posibilidad de potenciar un mix renovable, con aportaciones de potencia de la fotovoltaica, la biomasa o la termosolar, que es el mix del futuro.

Esta subasta es una “oportunidad perdida” como señala un comunicado publicado por la Fundación Renovables junto con un buen número de asociaciones del sector renovable y entidades sociales. No hay ninguna intención, efectivamente, de rectificar el rumbo y retomar la senda para la que sí habría una mayoría parlamentaria en la que apoyarse. Se trata solo de “cumplir el expediente” señalando que se ha hecho un esfuerzo para alcanzar los objetivos a 2020, conscientes de que esta subasta, aún en el caso de que se pusieran en marcha los 3.000 MW, sería insuficiente.

Este Gobierno tiene pavor a la planificación energética insistiendo en que corresponde al mercado decidir por dónde tiene que ir el sistema energético futuro porque sabe que si tuviera que poner en un papel los escenarios futuros estaría obligado a potenciar desde ya el desarrollo de las renovables para hacer posible el futuro descarbonizado que la Unión Europea propugna. Sin embargo, sí que planifica cuando mantiene un sistema eléctrico que sigue beneficiando extraordinariamente los negocios regulados del oligopolio eléctrico o sí que planifica cuando maniobra para prolongar irresponsablemente la vida de las centrales nucleares o de carbón.  

En definitiva, lo que se presenta como un inteligente esfuerzo por abaratar el precio del kWh es en realidad un cúmulo de despropósitos que es todo menos política energética. “No hay peor ciego que el que no quiere ver” dice el refranero y yo añado que no hay más ignorante que el que se cree muy listo. Es muy frecuente escuchar referencias a la deslumbrante formación académica de los hermanos Nadal (Álvaro, actual ministro de Energía y anteriormente jefe de la Oficina Económica del presidente del Gobierno y Alberto, ex secretario de Estado de Energía), formación plagada de premios extraordinarios, másteres en las mejores universidades del mundo anglosajón y una “brillante trayectoria pese a su juventud”, como si todo ello fuese un aval incontestable de toda su actuación política. El problema de estos señores es que tienen tanto conocimiento y soberbia que no han dejado hueco al sentido común.

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