javier garcía breva

Susceptible de empeorar (ER 94)

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Javier García Breva
Presidente de la Fundación Renovables y director de Energía de Arnaiz Consultores

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La noticia más destacada del último mes ha sido el ataque cibernético a la central nuclear de uso civil de Bushehr en Irán. El objetivo del virus era el software de Siemens para el control automático de plantas químicas, petrolíferas y nucleares. Paralelamente se ha sabido que el ejército de EEUU ha empezado a equipar a sus marines con paneles solares por razones de seguridad y ahorro de combustible. La seguridad energética es un problema grave que afecta a las tecnologías convencionales y que sólo se puede solucionar con un mayor consumo de renovables.

La falta de seguridad energética va a ser el origen de una futura crisis global como la de 2008. Los altos precios del petróleo y del gas determinan una elevada inflación y la subida de los tipos de interés. Igual que la energía ha estado en el origen de la crisis financiera por los elevados precios del crudo, en la próxima crisis la energía puede generar problemas de seguridad no sólo de abastecimiento, sino por conflictos entre estados y graves catástrofes ambientales.

Hay que replantearse una dependencia tecnológica que tiende a incrementar el consumo de combustibles fósiles. Confiar una incertidumbre como ésta únicamente en mecanismos de precios es peligroso. La regulación sabe muy poco de adaptarse a los sistemas con riesgos en constante transformación; ha pasado en el sistema financiero y está pasando en la política energética.

España, ajena a una visión a largo plazo de la cuestión energética, está imponiendo un mayor consumo de carbón, una mayor cuota de gas y un freno con marcha atrás para las renovables. La paradoja la expresó recientemente el propio Ministro de Industria que, a la vez que reconoció que no es buena la excesiva dependencia del gas argelino y que el precio del petróleo va a alcanzar los 150 dólares, criticó la rápida velocidad que han adquirido las renovables. Con una política de tan corto alcance, España va a necesitar pronto un plan B de energía para encarar los problemas que se quieren derivar al futuro y que son los mayores costes del gas y del carbón y el incremento de las emisiones. En septiembre la contaminación del CO2 ha crecido un 7% por la mayor producción eléctrica con carbón, que va a encarecer el recibo de luz, y el conflicto de GN con el suministrador argelino Sonatrach va a repercutirse a los consumidores con fuertes subidas del gas.

Pero las críticas a las renovables siguen arreciando porque la mayor velocidad de las renovables, que debería ser bien apreciada desde una visión a largo plazo, es una constatación de que el cambio de modelo energético ya está aquí.

Sólo caben dos actitudes: la cínica, que es parar las renovables y ocultar la crisis a la que conduce un sistema energético basado en el petróleo, el gas y el carbón. Es la de la actual regulación y la de las grandes eléctricas que critican las renovables a la vez que las incluyen en sus balances y las descalifican como producto financiero cuando son ellas mismas las que han convertido todo el sistema energético en un producto financiero con sus OPAS y sus operaciones corporativas. La consecuencia es que ya no somos líderes en renovables y caminamos hacia el vagón de cola.

La otra actitud es el apoyo urgente para incrementar la demanda de renovables. Negarse a ello es perpetuar un modelo insostenible económica y ambientalmente para las futuras generaciones. Es confirmar dos décadas de una pésima regulación que ha permitido un sistema energético más especulativo que productivo y en el que la irrupción de las renovables implica otra política energética, industrial y tecnológica.

Todo pasa por saber diferenciar entre el coste de la energía y el valor de la energía y por lo que Toni Judt escribió: “debemos hallar la forma de que las autoridades escuchen y respondan a quienes son su base y les pagan: nosotros.”

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