sergio de otto

A los que se rieron del 100% renovables

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Hace diez años Greenpeace presentaba un estudio que demostraba la viabilidad técnica y económica de la posibilidad de que España llegue a un escenario cien por cien renovable en 2050. Tres años antes ya había presentado un primer informe en el que concluía que nuestro país cuenta con recurso renovable que cubriría cincuenta y seis (sí, 56) veces el total de la demanda prevista de energía para la mitad de siglo en nuestro país. Todavía recuerdo el escepticismo —en el mejor de los casos, el “cachondeo” en el peor— con que fueron recibidas ambas aportaciones de la organización ecologista que lleva años demostrando que, además de saber lo que hay que hacer para salir en los telediarios con un slogan, tiene capacidad para aportar doctrina, conocimiento, análisis, datos sobre los temas de los que se ocupa, y especialmente en el ámbito de la energía, contribución intelectual que tendremos siempre que agradecer.

Sí, muchos se rieron abiertamente, cuando vieron, apenas hace diez años, el término cien por cien ligado al concepto renovables. “Pobres ingenuos” era la expresión más suave que se empleaba para descalificar estos concienzudos y rigurosos estudios. Eran los mismos que en el año 1999, cuando se aprobó el Plan de Fomento de las Renovables 2000-2010, consideraban irrealizable el objetivo inicial de 8.974 MW de potencia eólica al término de ese periodo. “Utópico, un sueño, el sistema no lo podría aguantar, irrealizable…” decían, escribían y profetizaban, ignorantes de que en 2010 superaríamos la barrera de los 20.000 MW eólicos instalados… y el sistema funcionando perfectamente para desmentir a los agoreros que anunciaban que la red nunca soportaría más de 3.000 MW eólicos simultáneos. Lo mismo podríamos decir de los iluminados que afirmaban hasta antes de ayer que “la fotovoltaica nunca será competitiva”. Hoy el espectacular descenso de los costes de esta tecnología –de la que se beneficia todo el mundo menos nuestro país– ha llevado recientemente a dos gigantes como China e India a renunciar a la instalación de centrales de carbón de miles de MW de potencia para sustituirlas por la energía que nos envía cada día el sol y que los paneles transforman en electricidad, sin complicarle la vida a nadie.

Algunos todavía tuercen el bigote cuando oyen hablar de un futuro cien por cien renovable. Hoy, en 2017, todavía hay escépticos, sí, sin duda, pero ya no se atreven a despreciar en público este horizonte. El cien por cien renovables de nuestros amigos de Greenpeace está hoy en las hojas de ruta de la Unión Europea, en el discurso de casi, digo bien casi, todos los partidos políticos, en el enunciado de numerosas jornadas organizadas no por esos “ilusos ecologistas” sino por sesudas entidades o empresas que adivinan por donde está el futuro.

Hoy, cuando Trump da la espalda al mayor reto de la humanidad como lo es el cambio climático, algunos estamos convencidos de que ese escenario llegará incluso antes de esa emblemática fecha de mitad de siglo. Lo afirmo consciente de que una cosa es que el concepto haya sido admitido en el debate y otra que nos hayamos puesto en marcha decididamente. Nada más lejos de la verdad. Todavía no actuamos en consecuencia –y mucho menos en nuestro país– pero la aceleración evidente del proceso de calentamiento global nos obligará irremediablemente a llevar a cabo en apenas dos décadas lo que hablábamos de hacer en cuatro. ¡Al tiempo!

Con estas líneas solo quería rendir homenaje a los que desde el estudio, desde el análisis, desde la libertad de no tener que defender los intereses de nadie han ido marcando el camino pese al desprecio de unos y la falta de solidaridad de otros que, compartiendo su visión, no se atrevieron a apostar tan decidida y honestamente como lo ha venido haciendo durante todos estos años Greenpeace por un futuro sostenible, futuro al que a lo peor llegamos demasiado tarde.

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