javier garcía breva

¿Por qué resisten los combustibles fósiles?

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Mientras el panel internacional de Cambio Climático (IPCC) de Naciones Unidas insiste en que no queda mucho tiempo, la temperatura del planeta sigue elevándose. La Met Office del Reino Unido cree que hay un 10% de probabilidades de que el promedio global alcance los 1,5ºC, desde la era preindustrial, en tan solo cinco años. Si se confirma la reducción de la capacidad de océanos y bosques de absorción y retención de CO2, como ha detectado la Organización Meteorológica Mundial, el planeta se aproxima a una situación que exige recortes de CO2 más rápidos y profundos.

¿Por qué aún resisten los combustibles fósiles? La competitividad de la energía solar y eólica se acelera por la más rápida maduración de las baterías de almacenamiento; sin embargo, la resistencia a prescindir de los combustibles fósiles perdura en la política energética y se comete el error de ignorar tanto la velocidad de maduración de las tecnologías limpias como la progresiva depreciación de los activos fósiles.

El poder del dinero
Una respuesta la ha dado Paul Krugman al explicar por qué el presidente Trump decidió subir los aranceles a los paneles solares. Los aranceles crearán paro porque frenarán el rápido crecimiento de las renovables en EEUU; pero también lanzan el mensaje de que perjudicar a las energías limpias es bueno, como la destrucción de empleo en la industria solar.

La administración estadounidense quiere que el país siga atado a las viejas fuentes de energía, como el carbón, el petróleo o el gas. Y la principal razón es por el dinero: “lo que es bueno para los hermanos Koch (industria petrolera) quizá no lo sea para EEUU, ni para el mundo, pero sí lo es para la financiación electoral del Partido Republicano. Y en parte, por los votantes de la industria, que siguen imaginando que Trump puede hacer que el empleo de la minería del carbón se recupere”.

Krugman cita la “nostalgia cultural” de los que piensan en los combustibles fósiles como en una edad de oro, olvidando los impactos de la contaminación atmosférica. Pero este argumentario es el vigente en España desde 2008, ocho años antes de Trump, y el que se ha trasladado a la regulación y a la opinión pública desde entonces:

• Anteponer la sostenibilidad de los ingresos de las energías fósiles a la preservación del medio ambiente, ignorando el CO2.
• Despreciar la industria renovable y no reconocer sus externalidades, como las emisiones evitadas o la reducción del precio de la energía, porque aún tardarán dos décadas en ser competitivas.
• No evaluar los impactos ni costes del cambio climático.

La conclusión de que invertir en renovables ha sido negativo para España se ha repetido tanto desde el Ministerio de Energía, y antes el de Industria, que ha creado escuela en la opinión pública que considera la destrucción de más de 70.000 empleos, la caída del 96% de la inversión y la inseguridad jurídica en el sector renovable como un mérito de la política contaminante y no como una losa para la credibilidad y el futuro del país.

Los resultados han sido una constante pérdida de renta nacional (déficit comercial energético) y de renta disponible (altos precios de la energía) no valorados por las autoridades económicas, de los que solo se ha responsabilizado a la inmadurez de las renovables, sin querer auditar los costes reconocidos a las energías sucias para mantener su rentabilidad.


La vieja política contaminante
Cuenta Yanis Varoufakis en su último libro, “Comportarse como adultos”, la pregunta que le hizo Larry Summers, secretario de Estado de Clinton y asesor de Obama, cuando fue a pedirle apoyo contra el austericidio de Grecia: “Hay dos clases de políticos. Los que ven las cosas desde dentro y los que quieren verlas desde fuera. Los que prefieren estar fuera, prefieren ser libres para contar su versión de la verdad. El precio que pagan por su libertad es que los que están dentro, los que toman las decisiones importantes, no les prestan la menor atención. Los que viven las cosas desde dentro deben acatar una ley sacrosanta: no ponerse en contra de los que, como ellos, también están dentro, y no hablar nunca con los de fuera sobre lo que hacen los de dentro. ¿Cuál es su recompensa? Acceder a información privilegiada y tener la oportunidad de influir sobre los que tienen el poder y condicionar sus decisiones. Entonces Yanis, ¿cuál de los dos eres tú?”.

La diferencia entre ver las cosas desde dentro o desde fuera es la misma que existe entre la política como arte de la supervivencia o como poder transformador de la realidad.

La política energética es más sorprendente aún porque a menudo muestra ejemplos de cómo se pretenden las dos cosas a la vez; y en esa contradicción, siempre gana la vieja política contaminante:

• La Comisión Europea se plantea como problema más importante en 2018 definir qué es una inversión verde dentro de la UE, mientras negocia cómo importar más gas ruso o invertir en interconexiones y captura de CO2.
• Los ministros que se declaran liberales en economía son intervencionistas y arbitrarios en energía.
• Los gobernantes que presumen de las renovables fuera de su país las frenan y critican dentro.
• La dependencia energética se considera para el exterior como un factor de crecimiento cuando dentro es más deuda y déficit comercial.
• Las empresas energéticas que critican las renovables dentro de su país las construyen en el exterior.
• La conciencia del cambio climático no existe cuando se gobierna, pero se despierta cuando se está fuera del gobierno. Lo mismo ocurre con las energías renovables.
• En las cumbres del clima los gobernantes se comprometen, pero en sus gobiernos imponen la inacción o peor, la complacencia.

Así se comprenden la ambigüedad y la incoherencia en la percepción del cambio climático desde los gobiernos o las barreras a la generación descentralizada para impedir que sean los consumidores el centro de decisión del sistema energético.

La transición energética solo tiene sentido si el uso de la energía se relaciona con la libertad de elegir de los consumidores. Ese derecho es el que pretenden reconocer las nuevas directivas que se discuten en las instituciones europeas.

Por eso, la necesidad de una política energética que se decida, por fin, a contar las cosas con la versión de la verdad.

Este artículo se publicó originalmente en la Oficina de JGB

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