sergio de otto

De la pobreza energética a la ostentación

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La última semana de marzo se produjeron dos acontecimientos separados solo por una veintena de horas en el tiempo pero por un abismo en el significado de cada uno de ellos. El jueves 27 la Asociación de Ciencias Ambientales (ACA), una modesta pero muy digna entidad, presentaba su segundo estudio sobre una de las lacras más vergonzantes de nuestra sociedad: la pobreza energética. En nuestro país nadie se muere de hambre (lamentablemente alguien podrá citarme algún caso, pero valga la generalización) pero sí se mueren en torno a 7.000 personas cada año por la ausencia de recursos para dotarse de la energía necesaria para mantener su hogar a la temperatura adecuada, especialmente en los meses de invierno.

Esa es la conclusión del estudio que ha dirigido el profesor Sergio Tirado que hizo una brillante exposición, matizando y puntualizando el valor de cada dato, huyendo del sensacionalismo, aquilatando los márgenes de fiabilidad de cada una de las fuentes, dejando bien claros los límites del trabajo o comparando los resultados con las cifras de otros países. Desgraciadamente no es un problema exclusivo de nuestro país. Si en España son siete millones de personas las que tienen hoy muchas dificultades para pagar su factura energética en toda la Unión Europa son cincuenta y cuatro millones de ciudadanos, siendo nuestro país el cuarto más afectado por este drama.

ACA anuncia la continuidad –imprescindible, por supuesto– de este estudio y solicita “la definición de una estrategia nacional para prevenir y mitigar la pobreza energética que integre a las distintas administraciones competentes de la Administración General del Estado e introduzca orientaciones para una acción coordinada entre la administración central, autonómica y local en materia de prevención y mitigación de pobreza energética”. ¿Se darán por aludidos nuestros gobernantes?

Estamos hablando de la angustia de cientos de miles de familias. Estamos hablando de electricidad o de la bombona de butano que son, deberían ser, un bien público, porque lo que seguro que no son es una lata de sardinas aunque el presidente de la patronal eléctrica insista en esta frívola e irresponsable comparación y siga tirando balones fuera sobre la responsabilidad que les corresponde a las empresas que representa.

De la austeridad del acto celebrado en el CaixaForum de Madrid (cedido a los organizadores por la entidad financiera –todo hay que decirlo–) pasamos pocas horas después, el viernes 28 por la mañana, al espectáculo, al show, al ejercicio de autobombo de una de la grandes compañías eléctricas de nuestro país. El Palacio Euskalduna de Bilbao –ciudad en la que el día antes repartió 14.000 tulipanes con sus colores corporativos– acogía la Junta de Accionistas de Iberdrola con una escenografía hollywoodiense que llevaba hasta la exageración la obsesión de su presidente por disfrazarse de verde alfombrando de césped el escenario y con un bosque dibujado en el fondo.

Todo digno de una ópera.

Luego llegaron los discursos de autobombo, el anuncio de premios y reconocimientos como la empresa más sostenible del mundo, de su labor de patrocinio y de responsabilidad social y, por supuesto, la confirmación de los beneficios anunciados hace una semana de 2.572 millones de euros que se traducirán en un dividendo de 0,27 euros por acción.

El ecologista decorado, el verde del césped y los árboles del telón, no impidieron que una vez más el presidente de la compañía reclamara “poner límites a la inversión en tecnologías renovables que precisan apoyos económicos e incentivos”. Estos apoyos, estos incentivos, al parecer, deben quedar restringidos a sus tecnologías convencionales, a los pagos por “incapacidad” de los ciclos combinados, a las primas de sus grandes hidráulicas o nucleares en forma de windfall profits, a la puerta a márgenes escandalosos en los mercados de ajuste, etcétera.

Hubo quejas por el aumento de los impuestos no sólo en España sino en otros mercados, alguna lágrima había que derramar. Lo que no hubo fue referencias al drama de esos siete millones de españoles ni por supuesto a las siete mil muertes que anuncia el informe de ACA. Se ve que hablamos de dos mundos distintos. Igual es que al final es verdad que se dedican a envasar sardinas.

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