Fotovoltaicos

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Tienen cara y ojos, nombre y apellidos, orígenes y ocupaciones muy distintas, historias a sus espaldas muy diferentes, algunos sueños rotos y, a pesar de todo, la ilusión de nuevos proyectos: no son números, son personas. Yo les he mirado a la cara, les he escuchado, he dialogado con ellos y he llegado a la conclusión de que no podremos abordar la transición energética sin resolver antes la situación de este colectivo, de estas sesenta mil personas, sesenta mil familias que un día confiaron en el BOE y pusieron sus ahorros, o se endeudaron, para invertir en algo que sonaba a futuro. Hablo, como no podía ser de otra forma, de los fotovoltaicos.

He participado recientemente en uno de los actos que ha organizado ANPIER en el marco de su campaña “Camino del Sol”.  Esta, dignamente beligerante, asociación lleva varias semanas organizando por toda España encuentros con sus miles de asociados, con las puertas abiertas para aquellos ciudadanos que quieran acercarse a conocer lo que ha ocurrido y cómo va a concluir un despropósito descomunal.

En estas reuniones, muy concurridas casi  siempre, el magnífico equipo humano que tira del carro encabezado por su presidente Miguel Ángel Martínez-Aroca, Juan Castro-Gil, Rafael Barrera y Lluís Calatayud, da cuenta de las últimas novedades de la batalla jurídica que tienen planteada en diversas instancias judiciales; informan de los contactos llevados a cabo en todos los frentes —político, social, mediático, etc.—; comentan sus gestiones internacionales; iniciativas todas ellas encaminadas a reparar una gran injusticia que ha llevado a muchos de sus representados a la ruina o, en cualquier caso, a un grave quebranto económico.

En cada encuentro participan, participamos —en mi caso en nombre de la Fundación Renovables— representantes de entidades que trasladan, que trasladamos, nuestra solidaridad a este colectivo, que aportan, que aportamos, nuestra visión de lo que ha sucedido y de lo que esperamos que suceda. En casi todas las comunidades autónomas (incluidas algunas gobernadas por el PP) reciben también el apoyo de los responsables de esas administraciones.

Pero lo más impresionante es ver las caras, las expresiones, los gestos de estas personas; escuchar sus inquietudes, sus dramas, preguntas que buscan un rayo de esperanza por tímido que sea. Hay quién no oculta su dolor, hay quién comparte todavía entusiasmo por la última novedad en su instalación, sí, esa que le da tantos quebraderos de cabeza. Entiendes entonces la importancia de esta batalla muchas veces ignorada. Ellos ponen cara y ojos a ese disparate, a esa ignominia que fue el frenazo al desarrollo renovable, exigido por el oligopolio y disciplinadamente aplicado, primero, por el segundo gobierno Zapatero y, después, contundentemente por la apisonadora de la mayoría absoluta del PP. En cierta forma, todos fuimos víctimas como país de ese frenazo y marcha atrás, pero ellos lo han padecido y lo padecen en su economía doméstica, en su día a día. También lo sufrieron los fondos de inversión internacionales que acudieron al olor de las rentabilidades que el error regulatorio permitió que, en algunos casos, fueran excesivamente altas. Pero estos fondos conseguirán en los arbitrajes internacionales su compensación económica mientras que los afectados “nacionales” difícilmente recibirán la compensación debida.

Efectivamente, a la luz de las recientes sentencias tanto del Tribunal Supremo como del Constitucional, parece poco probable —no imposible— la reparación vía judicial del daño que les ha causado el cambio de reglas a mitad de partido, cambio que estos tribunales han avalado sorprendentemente en las citadas sentencias. Si en su día fue una disparatada, errónea y brutal decisión política lo adecuado debería ser que un acuerdo político, y digo bien acuerdo o pacto, ponga un punto final justo al dislate.

Nuestra pelea hoy es exigir un nuevo modelo energético, contribuir a su construcción con propuestas, buscar acuerdos y puntos de encuentro para hacerlo posible o derribar las barreras que nos esperan. Pero no sería justo, no sería ético, no sería moralmente aceptable que abordemos esa imprescindible transición energética dejando atrás sin resolver, sin reparar el daño que han sufrido esos sesenta mil ciudadanos que un día invirtieron —fueran las que fueran sus motivaciones— en la tecnología que va a ser la palanca del cambio de modelo energético. Sí, hablo de ellos: de los fotovoltaicos.

Dedicado a César Vea.

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